domingo, 29 de junio de 2025

DOS ALMAS BIENHECHORAS QUE COBIJARON A MI PADRE

 Por Joaquín Rivera Larios



En el mundo afectivo de mi padre Salvador Rivera (1919-2004) dos seres ocuparon espacios privilegiados: Eduarda Avelar de Rivera “mamá Lala” (1863?- San Salvador, 1935) su bisabuela materna, y Joaquín Rivera (1898-1966), tío materno. Ambos paliaron providencialmente un sentimiento de orfandad que acompaño a mi padre desde su espinosa infancia.

La bisabuela de aspecto distinguido, culta, excelente conversadora, de cabello castaño oscuro, le enseñó las primeras letras y el tío alto, con su talante de caballero instruido, que solía vestir con sombrero y traje completo, ambos familiares de tez blanca, sin duda tuvieron una influencia decisiva en su peculiar y multifacética personalidad.

Según una crónica inédita escrita por mi hermana Gladys Escalante, nuestro procreador relataba que sus bisabuelos fueron los dueños del Campo Marte, el que hoy conocemos como Parque Infantil, terrenos que les fueron expropiados por una suma exigua de dinero. Vivieron donde hoy se levantan las ruinas del edificio de la Lotería Nacional de Beneficencia sobre la Segunda avenida Norte de San Salvador.



Continúa narrando Gladys Escalante que mamá Lala se casó por la iglesia el 11 de enero de 1879 con un indio llamado Patrocinio Rivera, quien según datos recolectados de la partida de defunción perdió la vida el 17 de abril de 1893, tres cuadras antes de llegar al pueblo de La Joya, departamento de La Libertad, a raíz de lesiones provocadas por arma blanca, aparentemente con motivo de juegos de azar.  Esta muerte violenta devastó a Eduarda provocándole un dolor que con los años le fue robando la razón.

Mamá Lala (1863?-1935) era madre de Coronada Rivera (Nueva San Salvador, 18 de agosto de 1881- Quezaltepeque, 19 de septiembre de 1968), y abuela de Arcadia Rivera (1904-1994), la madre adolescente que dio a luz al autor de mis días cuando solo tenía quince años.


Las lágrimas de gratitud afloraban cuando en las conversaciones cotidianas con sus familiares más cercanos evocaba su infancia llena de penurias y la memoria de las dos almas generosas que le tendieron la mano.






Por aquellos avatares de la vida mi padre no gozó los cuidados maternos, la abuela Coronada no pudo asumir ese rol por estrecheces materiales, al tener a su cargo a su hijo Jorge Rivera (1924-2016) y a su nieto Carlos Martínez (hijo de Joaquín Rivera), a quienes inscribió en internados.


Ante tal vacío faraónico, el cuidado de mi procreador fue ejercido por su bisabuela Eduarda Avelar, con un cariño tan encomiable que se granjeó la gratitud infinita de su protegido, al grado que éste puso a su segundo hijo Eduardo Alberto, nacido el 14 de diciembre de 1950, en honor aquel ángel de la guarda que lo arropó en su niñez. 



Siempre agradeció que mamá Lala le enseñó leer cuando tenía cinco años, y las solicitas atenciones que ella tuvo con él cuando se enfermaba. En nuestra familia se dio algo insólito: la madre y la abuela de mi progenitor fueron iletradas, pero la bisuabuela, fue una mujer ilustrada.

Al morir mamá Lala, a las siete horas del primero de agosto de 1935 en el Barrio San Miguelito de San Salvador, justo cuando daban inicio las festividades de agosto (por cierto la primera persona que fue enterrada en el cementerio La Bermeja), su principal refugio y amparo fue el tío Joaquín Rivera, quien con grandes limitantes se erigió en la figura más próxima a un padre de crianza.

                                


En 1935 el año en que falleció mamá Lala tuvieron lugar eventos trascendentales para El Salvador. El 1 de marzo el general Maximiliano Hernández Martínez fue juramentado como Presidente de la República, luego de obtener 329, 555 votos, bajo las filas del partido Pro Patria, en las elecciones del 13–15 de enero. Martínez inauguro los Juegos Centroamericanos y del Caribe que duraron del 16 de marzo al 5 de abril. El 10 de diciembre falleció en Managua, Nicaragua, el expresidente Pío Romero Bosque, reconocido por organizar elecciones limpias el 11 y 13 de enero de 1931, respetar la libertad de prensa, aprobar leyes a favor de los obreros. 




Tío Joaquín, nacido en Nueva San Salvador (hoy Santa Tecla) el 22 de agosto de 1898,  no solo fue un referente afectivo, sino un modelo de vida, su guía y mentor, el familiar más entrañable que tuvo. Probablemente la persona que más influyo a robustecer el hábito de lectura que cultivó mi padre desde sus años mozos.

Durante mi temprana infancia, en nuestra casa el aire estaba impregnado del espíritu de Joaquín Rivera, era el ser ausente más invocado y querido. Se conservó por años una vieja maleta con cartas, y papelería diversa de su propiedad.


Aquel tío que llegó a ser Tenedor de libros (el equivalente a contador actualmente), hacía claramente la diferencia en una familia carente de instrucción formal, que rozaba la pobreza extrema. Fue perito de primera clase del Ministerio de Hacienda y un fervoroso admirador de Augusto César Sandino (1895-1934).

Tenía fotos del caudillo nicaraguense, llamado “General de hombres libres”, escuchaba la marcha que se compuso en su honor, y coleccionaba los periódicos que relataban las hazañas militares del patriota que combatía heroicamente las tropas invasoras desde Las Segovias en Nicaragua.



Solía escuchar comentarios que el presidente Oscar Osorio  había cesado al tío Joaquín como perito del Ministerio de Hacienda, por no haber participado en las marchas tradicionales para celebrar la Revolución del 14 de diciembre de 1948 que supuso el fin del gobierno del General Salvador Castaneda Castro.

Por cierto una de las celebraciones organizadas bajo la presidencia de Osorio, causó tremendo alboroto en las calles céntricas de San Salvador  por haber traído a desfilar hermosas  y despampanantes cachiporristas estadounidenses que hicieron alarde de llamativos vestuarios y atractivas coreografías.

Un hecho que a mi padre la partió el alma fue que no pudo asistir al tío Joaquín, cuando éste llegó a pedirle ayuda económica, para comprar medicamentos. Las consecuencias de esa inasistencia fueron fatídicas.

Tío Joaquín ya  anciano había andado cobrando la renta en unos mesones de su propiedad, ubicados en Mejicanos  y los inquilinos no le habían pagado. El lunes 22 de agosto de 1966, amanecería muerto bajo condiciones aun no esclarecidas.



Aquel  agosto  que registró el vuelo de  tío Joaquín  a la eternidad se produjo la Batalla de Long Tan, en el marco de la  Guerra de Vietnam,  el presidente francés Charles de Gaulle inicia una visita a Etiopía y los legendarios The Beatles se presentaron por última vez en vivo en el Candlestick  Park  de San Francisco, California,  ante unas 42.500 personas.


En el afán de perpetuar su memoria, cuando nació mi único hijo el 11 de agosto de 1999, mi padre inmediatamente me dijo que le pusiera “Joaquín Eduardo”. Conociendo el profundo valor afectivo que entrañaban los dos nombres, inmediatamente accedí a su petición.







sábado, 21 de junio de 2025

EL EGO: UN ENEMIGO INTERIOR

Por Joaquín Rivera Larios



Podemos decir que el ego es la parte interior, la parte céntrica del ser humano. El ego es la tendencia del ser humano a considerarse el centro del universo, consecuentemente genera en el observador una distorsión de la realidad. Arrastra un amor desmesurado por sí mismo, una búsqueda enfermiza o irracional de reconocimiento, una tendencia a imponer nuestra posición o punto de vista a los demás, un afán de obtener el mayor provecho personal de cada relación o situación.




El ego se manifiesta en vanidad, altivez, prepotencia, intolerancia a la diversidad, engreimiento, petulancia, megalomanía, ensimismamiento, que nos lleva a menospreciar las necesidades, las aspiraciones y la idiosincrasia de otras personas. Puede llegar a extremos como la egolatría, es decir el “culto a sí mismo”. En otras palabras, el ego nos lleva a vanagloriarnos y paralelamente a ningunear a los demás.




La Biblia es clara sobre la importancia capital de la humilidad y la necesidad de erradicar la soberbia. Mateo 23:12 advierte sin ambages: "porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido". Este precepto significa que aquellos que se vanaglorian y actúan de manera altiva y arrogante, cultivando el autoelogio insano e irracional, serán eventualmente humillados, mientras que aquellos que se humillan a sí mismos y actúan con modestia y decoro, serán eventualmente elevados.



Los desequilibrios en el manejo del ego pueden desbordar en el trastorno de la personalidad narcisista, la cual es una afectación de la salud mental  que se caracteriza porque las personas tienen un aire irrazonable de superioridad. Demandan y buscan acaparar la  atención y desean que los demás  las admiren. Es posible que a las personas con este trastorno les cueste comprender o no les importen los sentimientos de los demás. Lo que reflejan las personas narcisistas en el fondo  es inseguridad en ellas mismas  y suelen reaccionar airadamente a la más mínima crítica.
                      

         

La Real Academia Española define la egolatría como el “culto, adoración o amor excesivo de sí mismo”. La egolatría es, pues, una característica de la personalidad de individuos desquiciados, que hacen alarde de una confianza desmedida en su propio potencial, desbordando en la auto-admiración y en el culto hacia sí mismo, desviación que suele causar problemas en las relaciones sociales.

Respecto a este desvarío Aristóteles dijo: “Sin virtud, es muy difícil soportar los resultados de la buena fortuna de forma apropiada. Aquellos que carecen de virtud se tornan arrogantes e intencionalmente agresivos cuando tienen estos otros bienes. Piensan menos de todos los demás y hacen lo que les place. Hacen esto porque están imitando a la persona magnánima aunque realmente no son como ella.”


Muchos talentos inmersos en la ciencia, el arte, la cultura,  son traicionados por su propio ego, claudican en su meritorio trabajo al tener que enfrentar la apatía y la indiferencia de sus contemporáneos, quienes no justiprecian sus valiosos aportes.  

Es un contrasentido, pero muchas celebridades fueron desconocidas en vida y alcanzaron la fama después de su muerte, la lista es numerosa e incluye personajes de la talla de El Greco (pintor), Galileo Galilei (astrónomo), Franz  Kafka (escritor),  Vicent Van Gogh (pintor), Johann  Sebastián Bach (músico),  entre muchísimos otros.   


La foto que encabeza este artículo corresponde  al pintor español Salvador Dalí (1904-1989), un artista polifacético y extremadamente creativo. Fue pintor, escultor, diseñador, escritor y cineasta. Pero su personalidad arrogante y narcisista le granjeó enemistades y le cerró puertas. Por sus desplantes e insolencia  fue destituido de la Academia de Bellas Artes de Madrid, donde estudiaba al asegurar que nadie tenía el nivel para examinarlo. 

 


El ego es un enemigo interior que se puede volver una prisión, una fuente de soledad e infelicidad, al no podernos adaptar al mundo, por el contrario, queremos que el mundo se adopte a nuestro modo. Hay seis pasos al menos para dominar el ego: 1-No te sientas ofendido; 2-Liberate de la necesidad de ganar; 3-Liberate de la necesidad de ser superior; 4-Liberate de la necesidad de tener más; 5-Liberate de la necesidad de tener razón; 6-Liberate de la necesidad de fama.

Antónimos y expresiones contrarias a "ego" son: humildad, modestia, sencillez, deferencia, sumisión, discreción, timidez, vergüenza, autoexigencia, autocrítica. Todas estos rasgos son contrapuestos a un ego inflado que no es más que un  trastorno de salud mental, que conducen al individuo a creerse indispensable o superior a los demás, incluso atribuirse como logros individuales triunfos que en realidad son colectivos.




El apóstol Pablo profetiza sobre el ego en los tiempos postreros:  "También debes saber esto que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios...sin afecto natural, implacables, calumniadores..." (2 Timoteo 3: 1-3). 

Biografías y documentos historiográficos dan cuenta que Adolf Hitler (1889-1945), Napoleón Bonaparte (1769-1821), Gengis Khan (1162-1227)  y José Stalin (1878-1953), Rafael Leonidas Trujillo (1891-1961) fueron personajes con un carácter marcadamente ególatra. En la actualidad, tal vez el referente más conocido en este sentido es el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. 



viernes, 20 de junio de 2025

EL PODER DE LA PALABRA

 

Por Joaquín Rivera Larios


La Biblia en Proverbios 18: 21 dice: “Muerte y vida están en poder de la lengua, y los que la aman comerán su fruto.”  Y Mateo 12: 37 refiere: “Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” La palabra puede provocar satisfacción, contentamiento, motivación, o puede ser fuente de destrucción, muerte o disensión. Hay que administrar las palabras con prudencia o discreción, cuidándonos de las consecuencias de las mismas.

                                    


Es bueno reparar en las consecuencias o efectos de las palabras, meditar bien lo que se dice y el alcance que éstas pueden tener, tanto para el emisor como para el receptor del mensaje. Las palabras así como pueden llevar motivación, aliento, pueden herir, pueden generar daños morales irreparables.

Las palabras sacan a relucir nuestro carácter, entendido éste, entre muchas otras acepciones, como el estado de ánimo usual de una persona, temperamento. Aquellas ponen en evidencia si estamos de mal humor o felices, si somos amables o generosos, si nos domina la amargura, la envidia o la depresión, si somos pacientes, tolerantes o empáticos. Si somos optimistas o pesimistas.    



Es decir, no siempre pasan de largo sin generar repercusión como lo sugiere la cantante ítalo-argentina Silvana di Lorenzo (Buenos Aires, 1952) en la famosa canción "Palabras, Palabras" (1972).

La Biblia aconseja quien cuida su boca, cuida su alma. Al respecto, Abraham Lincoln (1809-1865) dijo: “Medir las palabras no es necesariamente endulzar su expresión, sino haber previsto y aceptado las consecuencias de ellas”.



Muchas veces percibimos las palabras como cosas vanas, superfluas, pero las palabras bien dichas, pueden generar cambios de visión, de percepción y cambios de conducta, pueden generar cambios culturales que a su vez propicien cambios estructurales. John F. Kennedy (1917-1963), al referirse a la importancia de los discursos, dijo: “Las palabras pueden hacer algo más que expresar política. También pueden expresar y crear un ánimo, una actitud, una atmósfera o un despertar”.



A veces utilizamos contra nosotros mismos un lenguaje ofensivo, soez, nos decimos tontos, inútiles, buenos para nada, y nosotros mismos con nuestra actitud saboteamos nuestros planes o sueños, hacemos declaraciones negativas, le damos la razón a nuestros detractores. Debemos manejar un dialogo interior positivo y optimista que incremente nuestra energía para enfrentar los retos de la vida.     

                           

Para los conquistadores y seductores de profesión, he aquí un excelente consejo de Isabel Allende, la escritora chilena: “Para las mujeres el mejor afrodisíaco son las palabras, el punto G está en los -oídos, el que busque más abajo está perdiendo el tiempo”.

Un discurso que recuerdo con frecuencia es “Yo tengo un sueño” de Martin Luther King (1929-1968) pronunciado en Washington el 28 de agosto de 1963,  al final de una marcha multitudinaria,  una elocución muy poética e inspiradora en el que denuncia la opresión, la discriminación, la esclavitud que sufría la población afrodescendiente. Luther King destaca la libertad, la justicia y la fraternidad que deben reinar en la humanidad.




Me impacto de manera particular la frase : “Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter. ¡Yo tengo un sueño hoy!”  Me trae a la memoria aquella idea que los globos no se elevan por su color, se elevan por su contenido.

                            


Otro pieza retórica breve, pero  fascinante es el “Discurso de Gettysburd”, pronunciado por Abraham Lincoln el 19 de noviembre de 1963, en el que destaca el legado de valor, patriotismo y heroísmo de los que pelearon batallas épicas durante la guerra de secesión (1861-1865), enfatizando que quienes sobrevivieron deben defender los ideales que enaltecieron los caídos. Al final cierra diciendo que solo así el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo no desaparecerá de la faz de la tierra.     




domingo, 15 de junio de 2025

EL INVENTARIO DE LOS DAÑOS

Por Joaquín Rivera Larios




Vivir es más que respirar, más que existir, es asumir las consecuencias de nuestros actos, es saber que cada acción, cada omisión, tiene implicaciones funestas o revitalizadoras en el presente, a corto, mediano o largo plazo. Cada expresión de voluntad puede tener efectos benéficos o efectos ruinosos. Podemos extender una mano al desvalido, inspirar a otros, inyectarles motivación para superar peldaños, o bien podemos destruir, cortar alas, asesinar sueños.




Desde que era un adolescente he tarareado aquella celebre canción “Culpable soy yo”, interpretada por José Luis Rodríguez “El Puma”, en la que hace un juicio de reproche por haberse apagado la llama del amor. En el video se aprecia que intenta en vano detener el abandono de su esposa e hijos que se retiran en un taxi. Se ve un Puma con semblante entristecido y meditabundo. Los daños emocionales a veces son imperceptibles pero destrozan. El silencio y la inacción en ocasiones pueden tener consecuencias devastadoras.

                                    


La vida de cada ser es un claroscuro que varía de proporción, hay vidas donde las sombras eclipsan casi por completo a la luz,  hay quienes arrastran con el fardo de penas y frustraciones  provocadas por haber carecido de un hogar funcional, con la presencia de un padre y una madre que les proveyeran el sustento moral y material para sobrellevar una existencia digna. Y esa frustración se proyecta al exterior de diversas maneras:  ira, amargura, envidia, insatisfacción, critica destructiva y el individuo devuelve a los demás el daño que ha sufrido.


Quienes abrazamos la fe  cristiana, sabemos que las maldiciones generacionales tienen vigencia, es decir,  los pecados pueden heredarse, las decisiones o descuidos nuestros antepasados, pueden traer la ruina de sus descendientes, a nivel de enfermedades físicas o mentales, problemas financieros, legales, adicciones. Por eso es importante explorar la vida de los antepasados, para romper esas ataduras y así salvaguardar la vida y el destino de las nuevas generaciones que dependen de nosotros.


  

Los conflictos en el mundo externo, son producto de un conflicto en el fuero interno de una persona que no logra la paz. El individuo se encuentra en una tribulación constante que no  logra ni se propone sofocar. Es muy cierto que el que es feliz no critica, no envidia, no juzga, no se muere por ser centro de atención, no reclama  consideraciones, antes bien manifiesta gratitud por los bienes que goza.        




Hay muchas adicciones que son destructivas y que tienen efectos devastadores en nuestro entorno laboral, familiar o comunitario: las drogas, la pornografía, los juegos de azar, el alcohol, el libertinaje, el ocio. Para el caso, de  todos es sabido que el alcohol es un disolvente magnífico, disuelve parejas, hogares, cuentas bancarias, trabajos, neuronas, pero ¡Nunca problemas! El adicto siembra en su hogar miseria, miedo, ruina, vergüenza, traumas, puede desbaratar con sus desvaríos  la vida de sus descendientes y de su pareja.  



 
 

Pepe Mujica (1935-2025), el expresidente uruguayo famoso por sus mensajes morales, por sus denuncias al consumismo y por llevar una vida austera, alejado de la pompa y el glamour del poder, estuvo preso de 1972 a 1985 por su militancia en el grupo guerrillero Tupamaro, sufriendo condiciones extremas de maltrato.  Pero al asumir el poder pregonó una filosofía de conciliación y perdón, es decir no devolvió las afrentas que recibió en prisión.     


 

Ya en el nuevo siglo me estremeció la tonada “El recuento de los daños”, interpretada por Gloria Trevi después de su paso por ese infierno llamado cárcel. Advierto como las promesas o las ofertas incumplidas de amor imperecedero, pueden tornarse en un verdadero holocausto, en una deuda impagable de amor. Recuerdo que no debo despertar amor en una mujer que no tengo intenciones de amar, porque de alguna manera las expectativas insatisfechas asesinan espiritualmente.

                                


De los pasos que más he meditado en Alcohólicos Anónimos, es justamente el inventario de los daños y su ulterior reparación, que constituyen los pasos cuatro y diez. Hay que evaluar los daños que provocamos a terceros con el orgullo, el falso testimonio, la calumnia, la desobediencia, la avaricia, la mentira, la falta de honradez, la lascivia, la gula, la pereza, son conductas que laceran al que las cultiva, pero que causan perjuicios reales o potenciales a otras personas que eventualmente son víctimas inocentes de nuestros desatinos.




domingo, 8 de junio de 2025

LA VIDA SIN AMOR NO ES NADA

 Por Joaquín Rivera Larios




El amor es una fuerza poderosa que nos estremece, nos domina, nos empuja a hacer el bien, y a veces se desborda en pasiones, si la razón no ejerce su rol contralor. Si nos aferramos a él, nos alimentaremos de esperanza, de luz que ilumina tanto al dador como al receptor. En ocasiones se combina con la benevolencia, la paciencia o la atracción.

Hace que aflore lo mejor de nosotros, despierta nuestros más caros anhelos, activa nuestros dones para ponerlos en función de los demás y nos proyecta a la excelencia. Es artífice de la alegría, emisario de la felicidad, fabricante de sueños, disolvente de penas e impulsor de nuevas realidades.



Con frecuencia el cerebro no logra racionalizar cuando llega o cuando se va, no logra controlar la energía que irradia, como decía Alejandro Jaén en su canción “Escápate” popularizada por Jorge Muñiz: “Nadie sabe dónde está el amor/ ni cuál es su color/nadie sabe cuándo llega/ ni cuándo se va/yo tampoco nada se de amor/ pero anoche no dormí/es que desde conocí, solo pienso en ti…”



El letrista Jaén tenía razón cuando dice que nadie sabe dónde ésta y cuál es su color, porque es un sentimiento complejo, difícil de diseccionar por medio de la razón, que tiene muchas aristas y manifestaciones, que van desde el amor romántico que conlleva pasiones y deseo de intimidad  a la devoción del amor religioso, pasando por la proximidad asexual del amor familiar y el amor platónico.    


A  veces el amor es el pasaporte para viajar por los senderos inagotables de la fantasía. Así ocurrió con Don Quijote, el hidalgo de la Mancha, que con su imaginación desbordante transformó a la campesina Aldonza Lorenzo en la bella y virtuosa Dulcinea del Toboso, elevándola a una categoría de dama de alta alcurnia, construyendo en su mente una historia de amor sin manifestaciones físicas o carnales. A esa princesa imaginaria don Quijote dedicó todas sus hazañas y sufrimientos.


Por más grande que sea la capacidad de conquista o el poder de atracción que una persona pueda tener, siempre tendrá un amor ideal o utópico al que no logre acceder, una relación deseada que no pueda concretar físicamente, y que se queda en el plano de la contemplación. 


Por eso creo que la mayoría por no decir todos nos sentimos identificados con el tema
“Esta cobardía”, entonada por Chiquetete, Julio Iglesias y otros destacados intérpretes, cuyo estribillo cala hondo: “Esta cobardía de mi amor por ella,/ hace que la vea igual que una estrella/tan lejos, tan lejos, en la inmensidad/ que no espero nunca poderla alcanzar”. 

Nos enredamos en dogmas, en discusiones teológicas o doctrinarias, en juicios y prejuicios y olvidamos que la esencia de la fe cristiana es el amor ágape, aquella entrega a los demás desinteresada, profunda, incondicional, que no espera nada a cambio. El amor no solo es un mandato es lo que da sentido y contenido a la vida, es lo que permite que dejemos un legado espiritual valioso al cierre de nuestra existencia.




Mientras algunos apuntan a la razón, la lógica o la supervivencia como la fuerza motriz que impulsa la existencia, la energía que apalanca la creación y da sostenibilidad al cosmos,  existe una corriente que reconoce una fuerza mucho más profunda y poderosa: el amor. Es tan dominante esta fuerza que es uno de los temas más recurrentes en la música, el cine, la literatura.



Uno de los escollos que nos impide amar es la idea que este sentimiento debe ser selectivo, solo son merecedores de él aquellos seres que hacen gala de ciertos atributos, aquellos que tienen dones para darse a querer. Quizá lo que más nos impide entregarnos es la manía de juzgar a otros, de culparlos de sus tropiezos o de su situación. Recuerdo una frase de Abraham Lincoln: "Sin malicia para ninguno, con caridad para todos".



Hay muchas canciones que hacen del amor el tema central, recuerdo "Una apuesta por el amor" de Lola Flores, "Que más da", del cantautor argentino Ricardo Ceratto, "Amar o morir" interpretada por Danny Rivera. No sé por qué pero siempre endulza mis oídos el estribillo de esta última tonada: "Amar o morir, el amor es el alma de todo/....hay de aquel que en la vida está solo/ sin que nadie respire con él/ amar o morir no existe otro modo".

La bellísima y encantadora  Lucero se preguntaba en una primorosa tonada que fue tema de telenovela, quién sabe cuándo llega el amor, si llega solitario, si viene herido y busca un beso. No sabemos si pueda estar a la vuelta de la esquina o brotar de la persona menos pensada o yacer en un remoto lugar, lo importante es no perder la fe, la determinación y cuidar nuestro jardín interior para poderlo atraer con la magia que comunican los dones.