Por Joaquín Rivera Larios

En el mundo afectivo de mi padre Salvador Rivera (1919-2004) dos seres ocuparon espacios privilegiados: Eduarda Avelar de Rivera “mamá Lala” (1863?- San Salvador, 1935) su bisabuela materna, y Joaquín Rivera (1898-1966), tío materno. Ambos paliaron providencialmente un sentimiento de orfandad que acompaño a mi padre desde su espinosa infancia.
La bisabuela de aspecto distinguido, culta, excelente conversadora, de cabello castaño oscuro, le enseñó las primeras letras y el tío alto, con su talante de caballero instruido, que solía vestir con sombrero y traje completo, ambos familiares de tez blanca, sin duda tuvieron una influencia decisiva en su peculiar y multifacética personalidad.
Según una crónica inédita escrita por mi hermana Gladys Escalante, nuestro procreador relataba que sus bisabuelos fueron los dueños del Campo Marte, el que hoy conocemos como Parque Infantil, terrenos que les fueron expropiados por una suma exigua de dinero. Vivieron donde hoy se levantan las ruinas del edificio de la Lotería Nacional de Beneficencia sobre la Segunda avenida Norte de San Salvador.

Mamá Lala (1863?-1935) era madre de Coronada Rivera (Nueva San Salvador, 18 de agosto de 1881- Quezaltepeque, 19 de septiembre de 1968), y abuela de Arcadia Rivera (1904-1994), la madre adolescente que dio a luz al autor de mis días cuando solo tenía quince años.

Las lágrimas de gratitud afloraban cuando en las conversaciones cotidianas con sus familiares más cercanos evocaba su infancia llena de penurias y la memoria de las dos almas generosas que le tendieron la mano.
Por aquellos avatares de la vida mi padre no gozó los cuidados maternos, la abuela Coronada no pudo asumir ese rol por estrecheces materiales, al tener a su cargo a su hijo Jorge Rivera (1924-2016) y a su nieto Carlos Martínez (hijo de Joaquín Rivera), a quienes inscribió en internados.
Ante tal vacío faraónico, el cuidado de mi procreador fue ejercido por su bisabuela Eduarda Avelar, con un cariño tan encomiable que se granjeó la gratitud infinita de su protegido, al grado que éste puso a su segundo hijo Eduardo Alberto, nacido el 14 de diciembre de 1950, en honor aquel ángel de la guarda que lo arropó en su niñez.
En 1935 el año en que falleció mamá Lala tuvieron lugar eventos trascendentales para El Salvador. El 1 de marzo el general Maximiliano Hernández Martínez fue juramentado como Presidente de la República, luego de obtener 329, 555 votos, bajo las filas del partido Pro Patria, en las elecciones del 13–15 de enero. Martínez inauguro los Juegos Centroamericanos y del Caribe que duraron del 16 de marzo al 5 de abril. El 10 de diciembre falleció en Managua, Nicaragua, el expresidente Pío Romero Bosque, reconocido por organizar elecciones limpias el 11 y 13 de enero de 1931, respetar la libertad de prensa, aprobar leyes a favor de los obreros.
Durante mi temprana infancia, en nuestra casa el aire estaba impregnado del espíritu de Joaquín Rivera, era el ser ausente más invocado y querido. Se conservó por años una vieja maleta con cartas, y papelería diversa de su propiedad.
Aquel tío que llegó a ser Tenedor de libros (el equivalente a contador actualmente), hacía claramente la diferencia en una familia carente de instrucción formal, que rozaba la pobreza extrema. Fue perito de primera clase del Ministerio de Hacienda y un fervoroso admirador de Augusto César Sandino (1895-1934).
Tenía fotos del caudillo nicaraguense, llamado “General de hombres libres”, escuchaba la marcha que se compuso en su honor, y coleccionaba los periódicos que relataban las hazañas militares del patriota que combatía heroicamente las tropas invasoras desde Las Segovias en Nicaragua.

Por cierto una de las celebraciones organizadas bajo la presidencia de Osorio, causó tremendo alboroto en las calles céntricas de San Salvador por haber traído a desfilar hermosas y despampanantes cachiporristas estadounidenses que hicieron alarde de llamativos vestuarios y atractivas coreografías.
Un hecho que a mi padre la partió el alma fue que no pudo asistir al tío Joaquín, cuando éste llegó a pedirle ayuda económica, para comprar medicamentos. Las consecuencias de esa inasistencia fueron fatídicas.
Tío Joaquín ya anciano había andado cobrando la renta en unos mesones de su propiedad, ubicados en Mejicanos y los inquilinos no le habían pagado. El lunes 22 de agosto de 1966, amanecería muerto bajo condiciones aun no esclarecidas.













































