
Corría el segundo lustro de los años setenta, El Salvador vivía un período convulso, una gran violencia, secuestros, homicidios, cárceles clandestinas, denuncias de fraude electoral en 1972 y 1977, sonaban tambores de guerra, surgieron organizaciones estudiantiles, sindicales y campesinas como el BPR y FAPU.
En este período surgieron y cobraron fuerza organizaciones político militares como Fuerzas Populares de Liberación (FPL), comandada por Salvador Cayetano Carpio, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), lideradas por Alejandro Rivas Mira y Joaquín Villalobos, la Resistencia Nacional (RN), encabezada por Ferman Cienfuegos, el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC), organizaciones que a principios de los ochenta se unificarían en el FMLN. Por el lado oficial desde los años sesenta se organizó ORDEN para contrarrestar esa efervescencia revolucionaria y los tradicionales cuerpos de seguridad.
Por habito heredado de mi padre, siendo un niño de ocho años me estrené en la lectura escudriñando con avidez en El Diario de Hoy las noticias de los secuestros y posteriores asesinatos de Roberto Poma, Presidente del Instituto Salvadoreño de Turismo, Mauricio Borgonovo Pohl, Ministro de Relaciones Exteriores, el homicidio del expresidente octogenario, Osmín Aguirre y Salinas, hechos ocurridos en 1977.
En ese contexto aterrador que dibujaba una densa noche sin estrellas, habían figuras del espectáculo que iluminaban mi mundo infantil: “Las Ángeles de Charlie” que engalanaban la pantalla chica, integradas por la bellísima rubia Farrah Fawcett, la trigueña Jaclyn Smith, Lynda Carter “La Mujer Maravilla”, Jaime Sommers “La Mujer Biónica” y Raquel Welch, sex symbol considerada la sucesora de Marilyn Monroe en la industria del cine.
Y a nivel nacional, fueron coronadas dos señoritas El Salvador que capturaron toda mi admiración: Altagracia Arévalo (1977) e Iris Ivette Mazorra (1978), ambas chicas encantadoras que gozaron de amplia aceptación. Me gustaba también la gracia y carisma de Patricia Buitrago que presentaba los sábados por la mañana en Canal 4 “El Club del Hada Madrina y don Gato”. Patricia salía platicando con un títere “Don Gato”, al estilo Raúl Astor y Topo Gigio.
A partir de junio de 1995 coincidí en el Instituto Salvadoreño de Derechos Humanos de la PDDH con un personaje singular, Jorge Antonio Iraheta Peña (1951-2010), educador en derechos humanos, originario de San Vicente, a quien yo llamaba afectuosamente “Georgio Armani”, conversador excepcional, dotado de una vasta cultura, que afirmaba ser testigo presencial de muchos acontecimientos históricos claves en la vida del país.
Muchos datos que exponía en sus conversaciones cotidianas eran reales, lo que generaba duda es que él hubiese estado presente cuando se produjo ese suceso trascendental. Jorge fue colaborador y era visitante asiduo de la Comisión de Derechos Humanos no Gubernamental, que presidieron en tiempos de guerra Marianella García Villas y Herbert Anaya Sanabria y por esa vía se empapó de información sobre muchas violaciones de derechos humanos.
Uno de los hechos que narraba era el asesinato, precedido de secuestro, de los dirigentes del Frente Democrático Revolucionarios (FDR), encabezados por Enrique Álvarez Córdova, Juan Chacón, Enrique Escobar Barrera y otros. Fueron privados de libertad el 27 de noviembre de 1980, mientras sostenían una reunión en el Colegio Externado San José. Georgio comentaba que él había estado en esa reunión fatídica, pero se había levantado al baño, cuando retornó a la reunión los verdugos ya se habían llevado a sus compañeros.
No sé si en broma o en serio, Georgio alardeaba de un supuesto noviazgo con una bellísima Miss El Salvador que en su época gozo de amplia admiración, relato que para mí era inverosímil. A veces pienso que fue un noviazgo de ojos como mi madre llamaba a esos amores platónicos, que solo existen en el sujeto envuelto en un idealismo febril que no logra distinguir la realidad de la ficción.
La señorita en mención es Altagracia Arévalo, poseedora de una presencia magnética, estilizada silueta, gracia y elegancia excepcionales. Después de ser la máxima representante de la belleza salvadoreña, tuvo un intermitente paso por la televisión nacional. Participo en programas de lo que hoy es TCS, canal 4 en aquella época.
Altagracia alternó con mi hermano César Edmundo (1949-2021) en más de algún evento televisivo. En la foto que publico aparece en el set de televisión en un evento en el que se premió al cantante Fermín Iglesias, el famoso intérprete de “Hoy solo estoy sin ti” y “Por el bien de los dos” y al músico Tito Quinteros (QDDG) de la Internacional Orquesta Casino, fundada en 1964.
En los ochenta Altagracia tuvo un paso estelar por el Noticiero “Al Día”, específicamente en 1985, cuando canal 12 lanzó al aire, un espacio que revolucionó el abordaje de las noticias en nuestro país, haciendo dupla con el locutor Ernesto Cortez, ya fallecido, dueño de una exquisita y bien modulada voz. Este telenoticiero posteriormente se llamó "Hechos", cuando Canal 12 fue adquirido por TV Azteca.
Creo que Georgio coincidió en el tiempo y el espacio con la embajadora de la belleza: ella era originaria de Ilobasco, representó en el concurso nacional al departamento de Cabañas y aquel fue en el segundo lustro de los setenta Director de la Casa de la Cultura de aquella localidad famosa por la fabricación de figuras de barro. Fue tal el arraigo de la reina a su terruño natal, que cuando se presentó vistiendo traje típico en la gran gala de Miss Universo dijo: “Soy Altagracia Arévalo y vengo de Ilobasco”.

Además de su amor por la historia de El Salvador, su hábito de lectura, su vocación por la política, puntos en los que coincidíamos plenamente con mi amigo Jorge Antonio Iraheta, afectuosamente “Georgio”, yo también fui deslumbrado por Miss El Salvador 1977, que hacía honor a su nombre “Altagracia”, una beldad que participó en el Concurso que tuvo lugar en República Dominicana, cuyo brillo y encanto mitigó para mí el dolor y el luto que inundó a nuestro país el segundo lustro de los setentas, época tenebrosa que tan solo fue preámbulo del conflicto fratricida que sobrevino la década siguiente.























































