Por Joaquín Rivera Larios
Alguien dijo: "Cada historia tiene un final, pero en la vida cada final, solo es un nuevo comienzo". Vienen a mi memoria mi padre y mis tios por el lado de la familia Rivera, quienes partieron en su mayoría a la eternidad, pero su testimonio de vida sigue moldeado la existencia de los suyos, pintaron cada uno con su peculiar talento y personalidad un mundo que aún hoy sigue irradiando brillo.
Alguien dijo: "Cada historia tiene un final, pero en la vida cada final, solo es un nuevo comienzo". Vienen a mi memoria mi padre y mis tios por el lado de la familia Rivera, quienes partieron en su mayoría a la eternidad, pero su testimonio de vida sigue moldeado la existencia de los suyos, pintaron cada uno con su peculiar talento y personalidad un mundo que aún hoy sigue irradiando brillo.
Partieron fisicamente en su mayoría, pero el recuerdo sigue inspirándonos. Es encomiable la forma como batallaron para derrotar las circunstancias adversas en las que nacieron y crecieron y así dar a los suyos una mejor vida que la que ellos sobrellevaron en sus años mozos. Dieron mucho más de lo que recibieron.
Tío Gabriel hizo gala de su talento y habilidad para comercializar sus muebles producidos su taller de carpintería, que por los azares del destino, tuvo que reinstalar varias veces. Tuvo clientes importantes como los ahora extintos Almacenes Schwartz. Fue un gran conversador, muy buen contador de chistes, poseedor de una vasta cultura vital y activo miembro de Alcohólicos Anónimos en San Salvador y ciudad de Guatemala.
Tía Rosa nos deleitó con sus famosos "Panes Silvia" en colonia La Rabida, mantuvo su negocio pese a atentados y amenazas, agudizados por el conflicto armando, proyectando excelencia en el arte culinario. Contó con el valioso e incondicional auxilio de tía Isabel (Chave) que fue su mano derecha, quien además fue una excelente panificadora.
Tía Berta, nacida en San Salvador, pero hizo su vida en Santiago de María, fue un ejemplo de mesura, respeto y decoro, nos obsequió preciosos momentos en su casa y en las verdes praderas de su terruño adoptivo. Mi hermano Álvaro, que en su adolescencia disfrutó temporadas en aquel pueblo acogedor, le dedico un poema, en una de cuyas estrofas dice: "Se mirará así, de pie/en la tranquilidad de su sangre/venida de un viaje remoto/a través de linajes y árboles/hasta dejar su nombre entre nosotros: BERTA".

Tío Alejandro hizo un derroche de servicio para cuidar a su madre, Arcadia (1904-1994), ha sido una mano extendida para socorrer a queridos familiares en situaciones de tribulación. De igual forma tía Mercedes, ha sido sumamente servicial y hospitalaria en su casa en la ciudad de Guatemala. Ambos sembraron amor en sus respectivas familias y forjaron hijos exitosos, con ejercicios profesionales ejemplares.
El recuerdo de sus existencias fuera de serie es una invitación a no claudicar, a no sucumbir y a marchar siempre hacia adelante. Yo camino y me proyecto al futuro, mirando de reojo al pasado la vida de estos guerreros, cuyas huellas me parecen como luces intermitentes que de pronto se prenden en cada atajo que transito.
Mi padre Salvador Rivera (1919-2004) y sus seis hermanos que llegaron a la edad adulta: Gabriel (1933-1998), Berta (1921-2004), Isabel (1923-2001), Rosa (1925-2021), Alejandro (1938) y Mercedes (1935), hijos todos de Arcadia (1904-1994), recibieron un merecido homenaje la tarde del sábado 21 de febrero de 2026 en un concurrido evento familiar que tuvo lugar en el Colegio Médico de San Salvador.

PRIMOS INOLVIDABLES
El mismo sábado 21 de febrero tuvimos el privilegio de rendir tributo a nuestros primos fallecidos del lado de la familia Rivera, en un concurrido evento familiar. Siempre estarán con nosotros y mientras los recordemos, no morirán. De izquierda a derecha Byron (1963-2021), Francis Armando (1969-2023), Aracely (1950-2012), Norma (1967-2018), Dagoberto (1948-2020) y César Edmundo (1949-2021).

EL PESO DE UNA AUSENCIA
Más de alguna vez he escrito que cuando abordo alguna tribuna, comparezco a alguna audiencia, ingreso a los tribunales, la imagen y la memoria de mi padre me acompaña, pero probablemente no he sido exacto en mi relato, porque también me acompaña la imagen del tío Joaquín Rivera (1898-1966), el familiar más entrañable que tuvo mi progenitor, después de su bisabuela, Eduarda Avelar (1863?-1935).
Más de alguna vez he escrito que cuando abordo alguna tribuna, comparezco a alguna audiencia, ingreso a los tribunales, la imagen y la memoria de mi padre me acompaña, pero probablemente no he sido exacto en mi relato, porque también me acompaña la imagen del tío Joaquín Rivera (1898-1966), el familiar más entrañable que tuvo mi progenitor, después de su bisabuela, Eduarda Avelar (1863?-1935).
La vida de cada persona es un claroscuro, está impregnada de luces y sombras, somos un enigma hasta para nosotros mismos, no tenemos claro de donde hemos heredado ciertos hábitos, inquietudes, vocaciones, aficiones, puntos de vista, desconocemos aspectos que han determinado nuestro ADN.
Eso me ocurre con el tío Joaquín Rivera, a quien no tuve el privilegio de conocer. Yo vine al mundo, dos años dos meses después de su partida. Mi progenitor tenía una personalidad compleja, se le nublaban los ojos cuando evocaba al tío Joaquín, admiraba a los grandes empresarios, inventores, literatos, tenía el hábito de la lectura, cobijaba sueños de grandeza.
De manera muy ligera y superficial asumo automáticamente que esas inclinaciones las heredó del tío Joaquín, la persona más culta de la familia Rivera la primera mitad del siglo veinte.
A veces los hijos y los nietos por aquellos azares del destino somos repuestos afectivos de parientes muy queridos que emprenden vuelo a la eternidad, y para perpetuar su memoria y llenar el profundo vacío que dejan, les ponen los nombres de los seres extintos, predeterminando de alguna manera las nuevas existencias.
Yo camino con la imagen del tío Joaquín Rivera en mente, me pregunto continuamente cómo su estilo, personalidad y visión del mundo predeterminaron la vida de mi padre y la mía, me pregunto cómo fue la época en que vivió, los factores que le provocaron dolor y precipitaron su muerte.










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