martes, 1 de enero de 2019

LA CARISMÁTICA PERSONALIDAD DE JOSÉ NAPOLEÓN DUARTE

Por Joaquín Rivera Larios



Sobre José Napoleón Duarte, se ha dicho que le dio barniz democrático a un régimen militar atroz, que encubrió con su imagen de demócrata crímenes de lesa humanidad, se le endilga haber sido  fachada de la guerra contrainsurgente, el rostro de un reformismo social represivo,  un fantoche de los militares que cayó en actos de servilismo con Estados Unidos, al punto de besar la bandera de las barras y las estrellas, entre otros epítetos que buscan descalificar su legado.  



Con todo los reparos que puedan hacerse a su figura histórica, a diferencia de Duarte, El Salvador  ha tenido figuras políticas de primera línea, desprovistas de carisma,  que han representado y protegido intereses oscuros, dotadas de personalidades grises,  carentes de facilidad de expresión y distantes de la población.  La facilidad verbal  que caracterizó a  Duarte lo llevó a ganar concursos de oratoria  en inglés en la Universidad de Notre Dame, su alma mater, la universidad católica más importante de Estados Unidos.




José Napoleón Duarte fue tres veces alcalde de San Salvador (1964-1970), fascinaba a las multitudes en la plaza pública. Yo tuve el privilegio de admirar sus dotes oratorias: dos veces en la Plaza Libertad, su tribuna habitual, en 1979 y en 1984. Y una en el Parquecito Quince de Septiembre del Barrio Candelaria para la campaña presidencial de 1984. Haber captado en persona su fogosa oratoria fue una de las experiencias inolvidables de mi vida, solo comparable con el privilegio de haber visto jugar varias veces al "Mágico" en Estadio el Cuscatlán. Ambos electrizaban a las multitudes.





                        



El doctor Héctor Dada Hirezi, ex democrata cristiano sostuvo en una entrevista con el periódico virtual  El Faro  que Duarte confiaba demasiado en su liderazgo y que pensó que iba a poder hacer que se aprovecharan las coincidencias dentro de las reformas que proponían los norteamericanos y después orientarlas hacia las que deseaban los democristianos. 

                    


Duarte nació el 23 de noviembre de 1925 en un rincón de un mesón en el Barrio Concepción de San Salvador, cerca de una iglesia del mismo nombre, en el modesto hogar formado por el sastre José Jesús Duarte, oriundo de Santa Ana, y de Amelia Fuentes, originaria de El Paraíso, departamento de Chalatenango. Estudió sus primeros años en un pequeño colegio llamado Unión 890 y luego recaló en el Liceo Salvadoreño, gracias una media beca que le otorgó el hermano marista Anacleto, centro de estudios que fue moldeando sus fuerzas naturales de líder. 






Su vocación de servicio también encontró cauce en los Boy Scout, en los que se enroló en 1939 organización de la que llegó a ser Jefe Scout nacional y luego miembro del equipo internacional de adiestramiento, que le dio una posición como adiestrador de líderes en el escultismo mundial. Siendo Alcalde de San Salvador, Duarte inauguró en 1968 el Busto de Robert Baden-Powell, fundador de dicha organización, en la Colonia Miramonte. 

                                        

El deporte también fue un forjador importante de su enérgica y combativa personalidad. Representó al Liceo Salvadoreño en la Primera Categoría del Basquetbol de 1942 a 1944, año en que se graduó de Bachiller. Luego armó maletas para ir a estudiar Ingeniería Civil a la Universidad de Notre Dame, graduándose en 1948. Duarte regresó a El Salvador y obtuvo su título en la Universidad Autónoma de El Salvador. 





Mi padre era abiertamente adverso a José Napoleón Duarte, lo consideraba un político oportunista y demagogo, lo comparaba con el presidente argentino Juan Domingo Perón. Pero era un político con enorme carisma, recuerdo cuando el 25 de octubre de 1979 volvió de su exilio en Venezuela, multitudes lo acompañaron desde el aeropuerto hasta la Plaza Libertad, mientras él viajaba en un camión, acompañado de José Antonio Morales Erlich y Mario Zamora Rivas. Hacia 1984 lo vi en un mitín en la Plaza Libertad, y recuerdo que un joven que subió al Campanario de la Iglesia El Rosario, y empezó a tocar las campanas y gritaba lo más fuerte que podía "¡Duarte!" "¡Duarte!" "¡Duarte!" En esa época la frase “Con Duarte aunque no me harte” era el pan de cada día.



Duarte durante su paso por dos gobiernos: el de la Junta Revolucionaria de Gobierno (1980-1982), como su presidencia (1984-1989), debió enfrentar la refriega de la guerrilla, de la empresa privada que hizo un paro el 22 de enero de 1987 contra un paquete de impuestos que incluía un impuesto de guerra, de la oposición política representada en ARENA, sindicatos afines a la izquierda armada, militares derechitas en el ejército. La guerrilla incluso secuestró  a su hija  Inés Guadalupe Duarte Durán, junto a una compañera de estudios el  10 de septiembre de 1985.







Es curioso también tuvo que enfrentar embates  de otros presidentes, como el que ocurrió en la cumbre de presidentes de Latinoamérica y España, que tuvo lugar en diciembre de 1980 en Santa Marta, Colombia, con ocasión de conmemorar un aniversario más la muerte de Simón Bolivar. En esa Cumbre Duarte recriminó la juventud e inexperiencia del joven presidente ecuatoriano, el abogado  Jaime Roldós Aguilera, y este le respondió: “Quizá soy inexperto, pero mi gobierno se levanta sobre una montaña de votos populares y el suyo sobre una montaña de cadáveres”.  

                      

Me llama la atención una entrevista que le hizo en Bogotá, Colombia, el joven periodista Andrés Pastrana que posteriormente sería presidente de ese país (1998-2002), presuntamente el año 1984. Me parecen interesante sus respuestas, cuando le pregunta que se siente de volver a la Presidencia de El Salvador ya más maduro y Duarte contestó que ha ido conociendo la cantidad  problemas que existen a la hora de tomar decisiones y  la experiencia le permite ir conociendo los atajos para lograr los objetivos. Al referirse a la guerra dice que ésta  no es militar, es una guerra política que tiene factores psicológicos,  ideológicos,  económicos, sociales,  políticos, militares, internacionales.      




Pese a su proverbial carisma, algo excepcional del expresidente Duarte, es que fue un hombre fiel a su esposa, Inés Durán de Duarte. Quienes lo espiaban desde el gobierno cuando fue líder de la oposición en los años setenta, decían que era un tipo aburrido porque no tenía amantes ni se embriagaba. Me contó un alto exfuncionario de su gobierno que les pedía a sus funcionarios que no tuvieran relaciones sexuales en los despachos. En la exposición de sus pertenencias en el Museo de Antropología de la Universidad Tecnológica, aparece un bello retrato pintado por Duarte de su esposa, cuando aquel vivía en el exilio en Venezuela.



Sin duda la escritora e historiadora Elena Salamanca y yo crecimos bajo el influjo de un gran comunicador, quien tuvo la capacidad de cautivar con su verbo encendido no solo a las señoras de los mercados y a los correligionarios que gritaban en la plaza a todo pulmón: "Con Duarte aunque no me harte", sino también a niños, niñas y adolescentes. Me llaman poderosamente la atención estas emotivas palabras que encontré en la red de Elena Salamanca, cuya tempana infancia transcurrió en los aciagos años ochenta:
                                   



"De niña tuve un amor, incomprensible y no correspondido. Por eso puede ser mi primer amor, porque era obsesivo, irracional y encantador. Todos los días, en noticias o en cadena nacional, yo miraba cautivada a José Napoleón Duarte. Estábamos en guerra y yo no lo sabía. ¿Cuántas cadenas nacionales daba al mes Duarte, cuántas entrevistas, cuántos televisores había en mi casa? Fuimos niños mediáticos, hijos de clase media, televisor a color, televisión por cable, antenas parabólicas. En todo estaba, para mí, Duarte. Entiendo mis obsesiones de adulta, mi fijaciones temáticas, porque entiendo que viví realmente mi tiempo. Con la inocencia precisa de la infancia, me asomé a la Historia; fue un abismo, pero un abismo fascinante: un caleidoscopio; aún no recuerdo qué colores fueron los primeros, qué figuras encontré. Por eso debo seguir mirando. Gracias a los hombres de Centroamérica que me entregan cada día una obsesión y un asombro".


Me llamó la atención la opinión de Ivo Príamo Alvarenga sobre el expresidente José Napoleón Duarte, vertida en su libro “Días de Vino y Roma”: "La idea que tenía de él era la de un político sin formación teórica ('analfabeta político' lo llamaba Ungo, 'político de tres centavos' lo tildó un periodista italiano izquierdoso), un poco ególatra y testarudo; pero de una inmensa calidad humana y de una férrea voluntad democrática. Padre y esposo devoto...de una capacidad estratégica intuitiva, casi genial; pragmático, gran conocedor de la naturaleza humana...'fanático de la democracia' lo he denominado en algunas ocasiones".


Duarte y dos de sus colaboradores más cercanos, Fidel Chávez Mena y Julio Adolfo Rey Prendes, fueron estudiantes maristas, los dos primeros estudiaron en el Liceo Salvadoreño y el último en el Liceo San Luis de Santa Ana. La Democracia Cristiana, un instituto cuya ideología se inspiraba en la doctrina social de la iglesia, contenida en las encíclicas papales y otros instrumentos. Recuerdo que el Ingeniero Duarte tuvo muy buena relación con la Iglesia Católica, cuando fue gobernante, en especial con Monseñor Arturo Rivera y Damas, incluso se reunía con la Conferencia Episcopal. Durante el gobierno democristiano las homilías del Arzobispo de San Salvador se transmitían por TV Educativa. 



El 1 de junio de 1989 se produjo en el pabellón centroamericano de la Feria Internacional el traspaso de mando del ingeniero Duarte a  Félix Alfredo Cristiani Burkard, presidente electo  por el partido ARENADuarte ya se encontraba gravemente enfermo, muriendo en su casa en la Colonia San Benito  nueve meses después, para ser precisos el viernes 23 de febrero de 1990.







PROCESO POR PECULADO 

Los periódicos El Diario de Hoy y La Prensa Gráfica del viernes 28 de julio de 1989 dieron a conocer que la Fiscalía General de la República, bajo la conducción del doctor Mauricio Eduardo Colorado, promovió un proceso en el Juzgado Primero de Hacienda  por Peculado y otros delitos contra José Napoleón DuarteOvidio Hernández, doña Inés Durán de Duarte y Alejandro Duarte.  


                        


El Código Penal de 1973 definía "peculado" en el artículo 438: "El funcionario o empleado público o el encargado de un servicio público que se apropiare en beneficio propio o ajeno, de dinero, valores, especies fiscales o municipales y otra cosa mueble de cuya administración, recaudación, custodia o venta esté encargado en virtud de su función o empleo, será sancionado de uno a diez años".      






                                        





                                                





EL DÍA QUE VI AL PRESIDENTE CLINTON


Por Joaquín Rivera Larios


No sé de donde nació mi devoción por la figura presidencial. Aunque oía decir que había arrebatado por fraude la banda presidencial a José Napoleón Duarte, siendo un niño dibuje y colorée un par de veces con verdadero esmero el retrato del entonces Presidente Arturo Armando Molina, con las insignias militares, al lado del azul y blanco de nuestro pabellón nacional. Aún resuena en mi conciencia, su célebre frase: “Con decisión y firmeza…ni un paso atrás”, aludiendo que no claudicaría en las reformas estructurales. Veía con atención las tomas de posesión que en ese tiempo tenían lugar en el Gimnasio Nacional.




Cuando tenía 10 años oía por radio las entrevistas que le hacían a José Napoleón Duarte desde su exilio en Venezuela. Cuando el líder arribo al aeropuerto de Ilopango el 25 de octubre de 1979, siendo un niño de 11 años fui parte de la inmensa multitud que envuelta en alborozo, recibió al caudillo. Venía saludando desde la cama de un camión, flanqueado por Mario Zamora Rivas y José Antonio Morales Erlich. Y luego el líder electrizó a la muchedumbre que congregaba en la Plaza Libertad con su fogosa oratoria. Y yo fui uno de los que escuchaba perplejo al hombre a quien el régimen militar flageló y defenestró de la presidencia en 1972.

Nací cinco años después del magnicidio del Presidente John F. Kennedy. A mi más temprana infancia mi hermana Gladys me contó que un joven y gallardo Presidente estadounidense había sido asesinado por empuñar ideales de justicia social. Mi padre que era conservador a ultranza, solía decir que los hermanos John y Robert Kennedy habían sido asesinados por querer implantar el comunismo en Estados Unidos, el epicentro del capitalismo mundial.




Muchos años después fui estremecido por aquella desgarradora secuencia de la limusina descapotada en la que se conducía al Presidente Kennedy sobre la Calle Elm, frente a la Plaza Dealey, Dallas, Texas, aquel fatídico 22 de noviembre de 1963, junto a Jacqueline y al gobernador, John Connely, escena en la que tres arteros disparos que cegaron la vida del Presidente más joven en la historia de la primera potencia mundial, cuando la caravana pasa en las proximidades de Edificio del Depósito de Libros del que se le disparó. Tres disparos que le dieron un viraje a la historia y dejaron una herida que sangra perennemente en el alma estadounidense. Desde que tengo memoria del magnicidio, he sido participe del dolor colectivo que el “crimen del siglo” generó.

En 1992 la figura de un joven gobernador de Arkansas emergió con fuerza telúrica en pos de la Presidencia de la República. Era Bill Clinton, abogado graduado de la Universidad de Yale, de pronto lo asocié con el carismática presencia de John Kennedy, máxime que recurrió en su campaña a un video donde siendo un estudiante había visitado la Casa Blanca en julio de 1963 y le había estrechado la mano al mandatario, justamente representando a los jóvenes estudiantes de Arkansas en su calidad de delegado de los niños de la nación, como parte de la Legión Americana, escuela de formación política. En ese apretón de manos se graficaba aquella famosa frase de Kennedy en su discurso de toma de posesión: “...la antorcha ha pasado a manos de una nueva generación de estadounidenses, nacidos en este siglo…”.




El día de ese encuentro, la alocución del hombre más poderoso del mundo marcó la vocación política de aquel joven brillante. Las coincidencias eran ostensibles: ambos eran demócratas, llegaron a la Casa Blanca en el apogeo de su juventud, Kennedy de 43 y Clinton de 46 años de edad, poseedores de brillante oratoria, imponente presencia, reconocidos autores de libros, Kennedy fue el primer presidente nacido en el siglo veinte, Clinton sería el primero nacido después de la Segunda Guerra Mundial.

Desde el 7 de julio de 1968, el majestuoso y firme Air Force one, símbolo del poder y prestigio presidencial estadounidense, no descendía sobre suelo salvadoreño, justo cuando el Presidente Lindon B. Johnson, vicepresidente y luego sucesor de Kennedy, visitó El Salvador, para asistir a una cumbre de gobernantes centroamericanos. Se tuvo que esperar casi 31 años para que otro Presidente estadounidense nos visitara y ocurrió el 8 de marzo de 1999. A su arribo al Aeropuerto de Comalapa el Presidente Bill Clinton fue recibido por el mandatario salvadoreño, Armando Calderón Sol y en su discurso dijo: “Ayudaremos a construir un futuro de libertad, paz y prosperidad”.





El día 10 de marzo el hombre más poderoso de la tierra recorrió las estrechas calles de San Salvador, generando un caótico congestionamiento y al filo de las diez horas visitó por espacio de veinte minutos a su homólogo salvadoreño en Casa Presidencial, entonces ubicada el Barrio San Jacinto. La limosina presidencial fue escoltada por diez motorizados y al menos cinco vagonetas con el servicio de seguridad. Se bloqueó el Bulevard Venezuela hasta la altura de la Veintinueve Avenida. Hombres blancos y negros, fuertes y robustos, del Buro de Federal de Investigaciones (FBI) y Central de Inteligencia (CIA), se tomaron los espacios.




Cuando abro la puerta de mi casa, salgo a la Calle Francisco Menéndez, Barrio Candelaria, la mañana de ese memorable día, veo a varios agentes del servicio secreto estadounidense, con inmaculados trajes oscuros de buen corte, y radios de comunicación, pidiéndole a los vecinos que retiraron sus vehículos, porque no podía haber un automotor, por las calles en que pasarían el gobernante de la primera potencia mundial.


A requerimiento de los agentes del servicio secreto, moví mi viejo Toyota Celica 1983 hacia un pequeño parqueo y aguardé la caravana presidencial que pasaría por allí, con rumbo a la Asamblea Legislativa, donde el gobernante pronunciaría un discurso. Me acompañaba mi esposa Claudia Lorena, con mi hijo Joaquín Eduardo en el vientre, quien en ese momento tenía cinco meses de gestación. Fue impresionante ver la extensa caravana con todo el glamour típico del líder del país más poderoso de la tierra y ver en una ventanilla del carro blindado el rosto sonriente de Bill Clinton saludando los transeúntes.




Nunca olvidaré la experiencia de haber visto pasar frente a mi casa al gobernante estadounidense, más similar en talante y proyección a John F. Kennedy, quien desde mi adolescencia ha sido junto a José Napoleón Duarte, mis ídolos políticos por excelencia. Y al ver aquella caravana majestuosa, de inmediato la asocie con el recorrido fatídico de otra caravana presidencial que apagó abruptamente la esperanza que había despertado el más joven presidente estadounidense el 22 de noviembre de 1963. 




Pero por fortuna los grandes personajes no mueren, porque dejan un legado que germina en las nuevas generaciones. Y no me cabe duda que a corto o mediano plazo otro gobernante retomará la antorcha flameante de ideales que dejaron Kennedy y Clinton.



EL PRESIDENTE QUE NO PUDE CONOCER

Por Joaquín Rivera Larios


Corrían los años 1976 y 1977, solía viajar en autobuses con mi hermana mayor Gladys, le escuchaba charlas sobre historia, personajes célebres, sitios arqueológicos, museos, bibliotecas, efemérides de diferente índole, pero de pronto cuando pasábamos por la Avenida España, me decía: “Por aquí deambula un ancianito alto, pálido, flaco, que le dicen ‘Culebra mal parada’, que fue presidente de la República, después del General Martínez…un día lo vamos a ver”.



Era un octogenario, únicamente se comunicaba por escrito, había perdido el habla, ya que a consecuencia de una enfermedad le amputaron la lengua. Acostumbraba ir a pie al centro de San Salvador a ver a sus amigos, desprovisto de los protocolos de seguridad que suelen proteger a los ex presidentes.

                        

Era el expresidente de la República, coronel Osmín Aguirre y Salinas, nacido en el departamento de San Miguel el 24 de diciembre de 1889, quien gobernó el país con mano de hierro durante un poco más de cuatro meses, del 21 de octubre de 1944 al 28 de febrero de 1945, luego que en una reunión de oficiales obligaran a renunciar al General Andrés Ignacio Menéndez. 

                                    

Los miembros de la Asamblea Legislativa fueron citados al Cuartel El Zapote para presenciar la instauración de Aguirre como presidente provisional. Fue Director de la Policía Nacional durante el férreo régimen del General Martínez y miembro del Directorio Cívico del 2 al 4 de diciembre de 1931 que depuso al presidente Arturo Araujo.  



Dirigió el país en un ambiente de fuerte represión, bajo Estado de Sitio y estricta censura a los medios informativos,  conminando al exilio a muchos opositores, incluyendo al doctor Arturo Romero (1, quien era un fuerte aspirante a la Presidencia de la Republica y al doctor Miguel Tomas Molina (1862-1965), Presidente de la Corte Suprema de Justicia, para habilitar la elección del candidato único en las elecciones de enero de 1945, General Salvador Castaneda Castro (1887-1965), hombre de confianza de los cafetaleros tradicionales.  


Según la página de Facebook de la Academia de Historia Militar de El Salvador, fue un gobernante progresista, reformista del Poder Ejecutivo y estableció cinco ministerios (Ministerio de Relaciones Exteriores, Ministerio del Interior, Ministerio de Economía, Ministerio de Cultura y  Ministerio de Defensa) además, durante su administración asume medidas en beneficio de la población salvadoreña, entre estas suprimió el descuento de impuestos a las pensiones, jubilaciones, y declaró libre de impuestos a la introducción de algunos artículos de primera necesidad.




El General Fidel Torres cuenta en su libro "Los Militares en el poder" (Editorial Delgado 2007, Pág. 103) que cuando fue Ministro de Defensa llegó a visitarlo el coronel Aguirre y Salinas, para comentarle la cuasi miseria de las pensiones. Refirió que ya no hablaba a consecuencia de una operación en la garganta practicada por un cáncer. Se comunicaba por medio de notas. Mencionó que le produjo buena impresión aquel anciano que abogaba por sus compañeros jubilados. Lo visitó en su casa posteriormente, lo que le produjo impresión que le humedeció los ojos.  

   

  
Al caer la tarde del 12 de julio de 1977, tan solo doce días después de haber asumido la presidencia el General Carlos Humberto Romero (1924-2017), fue abatido de dos disparos a quemarropa en el tórax frente a su casa ubicada en la 15 Calle Oriente número 117, de San Salvador. Murió cuando era conducido al Hospital Militar. Su nieta Claudia Lorena Aguirre, estaba haciendo tareas cuando oyó los disparos, al abrir la puerta vio a su abuelo tirado boca abajo frente a la acera de su casa. Al día siguiente las FPL se hicieron responsables del asesinato.
                                


En un comunicado que dicho grupo guerrillero hizo llegar a los medios calificaron al militar asesinado de una serie de expatriaciones y crímenes cometidos desde el 20 de octubre de 1944, cuando Osmín Aguirre y Salinas ascendió a la máxima magistratura de la nación, justo después del golpe militar.

                                            


El día 15 de julio el Juez Tercero de Paz de San Salvador, Dr. Héctor Antonio Hernández Turcios, se abocó a la residencia del octogenario y se recolectó la declaración de ofendida de la viuda, Rosa Cardona de Aguirre, quien manifestó que se le hacía difícil creer que su esposo había muerto y que tenía la impresión que estaba cerca de ella. Que no concebía como había gentes que guardaban resentimientos por más de cuarenta años.




El protagonismo histórico de Osmín Aguirre y Salinas se remonta al 2 de diciembre de 1932, al encabezar junto al coronel Joaquín Valdez un Directorio Cívico compuesto de doce miembros (provenientes del ejercito, fuerza aérea y Guardia Nacional) que derrocó al Ingeniero Arturo Araujo, cuyo gobierno solo duró nueve meses, junta militar que gobernó El Salvador del 2 al 4 de diciembre de 1931 y que se disolvió el 11 de ese mismo mes y año. Los golpistas depositaron el poder en el general Maximiliano Hernández Martínez

 




Cuando recorro la Avenida España o cuando paso frente a la casa del expresidente, en que se produjo la vendetta, al parecer por crímenes cometidos durante su mandato, lamento que el conflicto atroz, que nos desangró y aquellos dos jóvenes que perpetraron con total alevosía, ventaja y sevicia la muerte del anciano ex gobernante de 87 años, me privaron de la posibilidad de haber conocido en persona a un personaje que tuvo tanta trascendencia para bien o para mal, en la convulsa historia de nuestro terruño azul.