
Con todo los reparos que puedan hacerse a su figura histórica, a diferencia de Duarte, El Salvador ha tenido figuras políticas de primera línea, desprovistas de carisma, que han representado y protegido intereses oscuros, dotadas de personalidades grises, carentes de facilidad de expresión y distantes de la población. La facilidad verbal que caracterizó a Duarte lo llevó a ganar concursos de oratoria en inglés en la Universidad de Notre Dame, su alma mater, la universidad católica más importante de Estados Unidos.
Su vocación de servicio también encontró cauce en los Boy Scout, en los que se enroló en 1939 organización de la que llegó a ser Jefe Scout nacional y luego miembro del equipo internacional de adiestramiento, que le dio una posición como adiestrador de líderes en el escultismo mundial. Siendo Alcalde de San Salvador, Duarte inauguró en 1968 el Busto de Robert Baden-Powell, fundador de dicha organización, en la Colonia Miramonte.
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El deporte también fue un forjador importante de su enérgica y combativa personalidad. Representó al Liceo Salvadoreño en la Primera Categoría del Basquetbol de 1942 a 1944, año en que se graduó de Bachiller. Luego armó maletas para ir a estudiar Ingeniería Civil a la Universidad de Notre Dame, graduándose en 1948. Duarte regresó a El Salvador y obtuvo su título en la Universidad Autónoma de El Salvador.
Mi padre era abiertamente adverso a José Napoleón Duarte, lo consideraba un político oportunista y demagogo, lo comparaba con el presidente argentino Juan Domingo Perón. Pero era un político con enorme carisma, recuerdo cuando el 25 de octubre de 1979 volvió de su exilio en Venezuela, multitudes lo acompañaron desde el aeropuerto hasta la Plaza Libertad, mientras él viajaba en un camión, acompañado de José Antonio Morales Erlich y Mario Zamora Rivas. Hacia 1984 lo vi en un mitín en la Plaza Libertad, y recuerdo que un joven que subió al Campanario de la Iglesia El Rosario, y empezó a tocar las campanas y gritaba lo más fuerte que podía "¡Duarte!" "¡Duarte!" "¡Duarte!" En esa época la frase “Con Duarte aunque no me harte” era el pan de cada día.
Me llama la atención una entrevista que le hizo en Bogotá, Colombia,
el joven periodista Andrés Pastrana que posteriormente sería presidente de ese
país (1998-2002), presuntamente el año 1984. Me parecen interesante sus respuestas, cuando
le pregunta que se siente de volver a la Presidencia de El Salvador ya más
maduro y Duarte contestó que ha ido conociendo la cantidad problemas que existen a la hora de tomar decisiones y la experiencia le permite ir conociendo los
atajos para lograr los objetivos. Al referirse a la guerra dice que ésta no es militar, es una guerra política que
tiene factores psicológicos, ideológicos,
económicos, sociales, políticos, militares, internacionales.
Pese a su proverbial carisma, algo excepcional del expresidente Duarte, es que fue un hombre fiel a su esposa, Inés Durán de Duarte. Quienes lo espiaban desde el gobierno cuando fue líder de la oposición en los años setenta, decían que era un tipo aburrido porque no tenía amantes ni se embriagaba. Me contó un alto exfuncionario de su gobierno que les pedía a sus funcionarios que no tuvieran relaciones sexuales en los despachos. En la exposición de sus pertenencias en el Museo de Antropología de la Universidad Tecnológica, aparece un bello retrato pintado por Duarte de su esposa, cuando aquel vivía en el exilio en Venezuela.
Sin duda la escritora e historiadora Elena Salamanca y yo crecimos bajo el influjo de un gran comunicador, quien tuvo la capacidad de cautivar con su verbo encendido no solo a las señoras de los mercados y a los correligionarios que gritaban en la plaza a todo pulmón: "Con Duarte aunque no me harte", sino también a niños, niñas y adolescentes. Me llaman poderosamente la atención estas emotivas palabras que encontré en la red de Elena Salamanca, cuya tempana infancia transcurrió en los aciagos años ochenta:



























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