martes, 18 de julio de 2023

ÁLVARO RIVERA LARIOS: ESCRITOR POR PREDESTINACIÓN GENÉTICA

Por Joaquín Rivera Larios

                                


Hay una frase que en mi familia calza al dedillo y es aquella que reza: "De músico, poeta y loco todos tenemos un poco". Y es que en la casa paterna imperó una fiebre por la palabra verbal y escrita que contagió y unió a sus hijos e hijas. Por los relatos de mi padre sentiamos que Amado Nervo, Ruben Darío, José María Vargas Vila, Johann Wolfgang Goethe eran parientes ausentes físicamente, pero entrañables, porque papá los evocaba en sus conversaciones cotidianas. Y esa devoción hacia verbo elegante y refinado nos marcó y nos predeterminó a unos más que a otros.

Preocupado por el porvenir de una nación atribulada que parece no interiorizar las lecciones de su convulsa historia y fiel a la creencia que la palabra y las ideas pueden cambiar el mundo, Álvaro pasa desde Madrid con su catalejos, escudriñando las vivencias cotidianas que agitan al Pulgarcito y abordando con ponderación y agudeza diversas aristas no muy exploradas de la realidad nacional. Ha librado una batalla quijotesca por verter crítica equilibrada en un ambiente polarizado. 
                                      

 
                                            
Ha publicado diversos artículos, ensayos y poemas impregnados de nostalgia y amor al terruño, en Diario Colatino, en los periódicos electrónicos El Faro, Contrapunto, Gatopardo, revista La Zebra, entre otros medios virtuales, en los que ha arrojado luz sobre problemas políticos, sociales, económicos, recreado historias de la guerra, exaltado y diseccionando la obra de viejas y nuevas glorias de la literatura salvadoreña o retratado estampas de sus paseos, como la crónica que escribió en Facebook de su visita a Cádiz, la tierra que idolatra a un tal “Mágico” González.

SU ADVENIMIENTO AL MUNDO

Rememora mi hermana Gladys en Facebook que un día de julio de 1960, a media noche, una estruendosa tormenta irrumpió la calma de su sueño y despertó asustada. Recuerda que escuchó la voz de nuestra  madre que estaba en el corredor del patio, clamando al cielo protección. Presa del miedo salió corriendo en su búsqueda y, a sus siete añitos, aquella oscura noche de rayos, centellas y de estrepitosos estallidos, que le pareció el juicio final. Pero para su alivio, pronto regresó la calma y su sueño continuó.

                                                      

 
                            
Al despertar a la mañana siguiente, nuestra mamá no estaba; se había ido en la madrugada para el hospital. Un hermano estaba por nacer y ese mismo día, 5 de julio, a las 11:46 de la mañana, vino a la luz. A la hora del almuerzo, reunida la familia a la mesa, papá comentó que la tormenta quizás había sido el presagio de la llegada de un genio, al seno de nuestro hogar.
                                                    

El tiempo mostró que las luces de las centellas de aquella oscura y ensordecedora tormenta, fue ciertamente el preludio de un alumbramiento especial. Trae a cuenta Gladys que a los dos años, papá afirmaba que su pequeño hijo poseía un parecido enorme con Rubén Darío cuando este tenía su misma edad. Decía que ambos tenían los rasgos físicos de los inteligentes: la cabeza grande y la frente ancha, por tanto sería tan brillante como el Príncipe de las Letras Castellanas.

PREMATURA INMERSIÓN EN LAS LETRAS

Así es la premonición del padre y el puente que le tendió desde la más temprana infancia con Rubén Darío, el Dios del Olimpo poético, predestino a Álvaro Ernesto, llamado así por un cambio fortuito e imprevisto que experimentó mi padre que iba al registro de Estado Familiar resuelto a ponerle Rubén Amado a su quinto hijo, motivado por sus dos referentes literarios: Rubén Darío y Amado Nervo. Desde su nacimiento fue marcado por ese designio de elevar barriletes con palabras y de escribir historias envueltas en metáforas.
                                                                    
                                                        


El niño crecía y así también la devoción de su hermana hacia él. Por la noche Gladys le leía cuentos, entre ellos los de Hans Christian Andersen y los de Oscar Wilde. El disfrutaba y vivía las historias a tal grado, que un día a media noche, despertó llorando y muy triste porque decía que la golondrina le había quitado los ojos al Príncipe Feliz.

VIVENCIAS

Así las cosas, Álvaro desde que tengo memoria, lo veo exprimiendo su pensamiento durante horas de desvelo, para robarle a las musas un ensayo, o una poesía o una máxima irrefutable, como mi padre lo soñó antes de que él naciera. Llenaba libretas de poemas y para inspirarse solo necesitaba tener lápiz y papel. Lo tengo presente a mediados de los setenta, cuando estudiaba en el Instituto Salesiano Ricaldone, sacando de una caja las Enciclopedias Quillet para rastrear con avidez algún dato biográfico, histórico, filosófico.  


                                        


Lo recuerdo hablando inglés con turistas extranjeros, relatar emocionado que había visto en persona a candidatas a Miss Universo que participaron en el concurso cuando se celebró en El Salvador en 1975. Cierta vez se le nublaron los ojos y contuvo su ira cuando le dijimos que habíamos quemado toda su colección de libros de Roque Dalton, porque teníamos información que la casa sería cateada por tropas del ejército. Cuando viajaba de España a El Salvador a mediados de los noventa, traía dos maletas de libros y una de ropa.



                                          

 
        

Uno de los más conmovedoras remembranzas de mi infancia fue verlo llorar amargamente por la muerte de algunos compañeros de células guerrillera que cayeron abatidos en algún operativo, o probablemente después de haber sido capturados o retenidos. Me imagino que lloraba de rabia e impotencia de ver en retrospectiva cómo la vida de aquellos jóvenes nobles e ilusos había sido truncada a sangre y fuego. Relataba entre sollozos los momentos de camaradería que había compartido con sus extintos compañeros.

                                                                
                                                                
                                                                    
A veces las omisiones dejan huellas perdurables, dejan grabadas imágenes sobrecogedoras. Mi hermana Gladys le compró a Álvaro una guitarra, que me imagino intentó tocar. Pues bien, la imagen triste y solitaria de aquella guitarra abandonada en la esquina de una habitación, quedó horadada en mi memoria con un dejo de melancolía. Sentía que no era justo que en la familia no hubiese un cultor del instrumento de las seis cuerdas, y que no podíamos darle la espalda al arte sonoro. Es curioso, pero el recuerdo nostálgico de aquel instrumento, me llevó a inculcarle a mi hijo el amor por la música.

INFLUENCIA DALTONIANA

La vida de Álvaro ha estado dominada moral e intelectualmente por la abrumadora presencia de Roque Dalton, un mito de la izquierda latinoamericana. Bajo es poderoso influjo, ha hilvanado su quehacer literario, ejerciendo un apostolado al servicio de la libertad de conciencia. En torno a este eje, han circulado varios de sus artículos que se pueden degustar en la red: “Salarrue y Dalton ”, “Ese muchacho era loco”, “El dudoso reinado de Roque Dalton”, “Decapitando al rey Dalton: Los poetas jóvenes ante la tradición”, “Vladimir, el Vaquerito”, entre otros. 


                                                    


En el artículo “Salarrue y Dalton” critica la postura del literato Rafael Lara Martínez de cuestionar las obras de Salarrue, quien a juicio de Lara fue un peón en el engranaje de la políticas culturales del Martinato, por su silencios y omisiones en su obra indigenistas; y defiende a Roque Dalton señalado de falsear presuntamente la biografía de Miguel Marmol en la obra del mismo nombre, al hacer un relato novelesco con fines ideológicos y políticos. Álvaro deja entrever la posibilidad que no haya existido intencionalidad en ambos autores, sino que fueron criaturas de un tiempo que los atrapó y los limitó, a pesar de que ambos como escritores profesaban el ideario de la igualdad en una sociedad oligárquica.
                                                              

      
En su crítica “Decapitando al rey Dalton: Los poetas jóvenes ante la tradición”, sostiene que la influencia estética de Roque Dalton ha sido menor de lo que se afirma y  que el concierto de voces de nuestra lirica ha sido menos pobres de lo que se ha supuesto. En tal sentido, no concuerda con lo preconizado por algunos escritores maduros, que ejerciendo el papel de portavoces de los poetas jóvenes, han levantado el acta de que Roque Dalton ha sido hasta hace poco el rey absoluto de nuestra lírica.

                                            


En la crónica “Vladimir, el Vaquerito”, vuelve a la carga contra los verdugos del autor de “Pobrecito poeta que era yo”, destacando la escena en la que uno de los captores del poeta ( Vladimir Rogel Umaña) lo agarra a patadas gritándole que no es más que un intelectual cobarde. El fantasma del Vaquerito recorre la misma senda que el fantasma de Mayo Sibrián y que los asesinos de la Comandante Ana María (Mélida Anaya Montes) ocho años después.

El critico sostiene que los hechos parecen inconexos, la muerte de Dalton y la muerte de la Comandante Ana María, revelan en suma cómo se han podrido ciertos debates al interior de la izquierda al punto que algunos conflictos internos han desbordado en actos de canibalismo. A su juicio el Vaquerito es una figura que potencialmente seguiría viva en la medida en que continúen vivos ciertos valores, ideas y formas de hacer política.

CRITICA LITERARIA

Ha escrito crítica literaria, destacando la obra de cultores promisorios de la literatura salvadoreña. En la revista La Zebra figuran dos artículos suyos «El disparo: la oscura plegaria de Luis Borja» y “La Balada de René” refiriéndose en su orden a las obras “El Disparo: Cuentos de barr(i)o”(2014) y “Balada de Lisa Island” (2004), cuyos autores son respectivamente Luis Borja y René E. Rodas, ambos docentes universitarios, licenciados en letras por universidades salvadoreñas, fallecidos prematuramente.

                                                    
En esta reseña crítica en la revista La Zebra, Álvaro argumenta que la incursión del poeta Luis Borja (1985-2021) al ámbito de la crónica roja con su libro “El Disparo: Cuentos de Barr(i)o” es acertada, porque llega a ella con las armas de la imaginación, hechas cohesivas por una poética que prefiere enfocarse en las experiencias de vida de las personas más afectadas por la violencia en El Salvador. Sostiene que con dicho libro Borja ha logrado legitimar la entrada de la crónica roja en el territorio de la poesía.                                             
                                                    


Con respecto a la obra del autor René E Rodas (1962-2018), califica de gran poemario el relato de amor “Balada de Lisa Island”, una joya de nuestra lírica reciente que borra la línea divisoria entre la poesía y la narración, con evocaciones música folk estadounidense y tonadas de Bob Dylan. Destaca que la obra fue escrita entre El Salvador y Canadá y que el autor supo evidenciar su condición de exiliado, destilando en sus versos elementos cosmopolitas.
                                                                                
                                                                                                                                    

SEMBLANZAS POETICAS

He leído con asombro y regocijo, varios semblanzas poéticas que Álvaro ha dedicado a familiares fallecidos muy queridos: nuestros padres, César, nuestro hermano, tía Berta, tía Rosa, mama Tita, los primos Francis y Byron, que arrojan una luz sobre las complejas personalidades de los seres extintos, visualiza rasgos únicos de su carácter que solo un agudo observador y hábil narrador puede expresar con elocuencia.


                                        

Álvaro con su lírica funge como portavoz de la familia, exteriorizando lo que otros quisiéramos comunicar, pero carecemos de recursos expresivos. Al patentizar ese tributo poético, no solo honramos la memoria del ser querido, si no que desahogamos en alguna medida el dolor que nos aqueja. En el caso especial de nuestros primos, los poemas revelan la conmoción que provoca su muerte prematura y la estela de preguntas sin respuestas que esos viajes al más allá dejan flotando en el entorno.

                                                 

En lo que concierne a nuestro padre, Álvaro ha delineado en al menos en tres poemas el complejo talente del autor de nuestros días: “Cipotío descalzo”, “Cuando llega mi padre” y “A mi padre”, los cuales me permitieron entender con mayor claridad el impacto que mi progenitor generó en su hijos, por su intrincada conjunción de dones y defectos. Álvaro deja entrever el núcleo de un drama personal: cómo aquel logró personificar la figura paterna, ser fuente de provisión y referente de conducta, cuando pesaba sobre sus hombros un caudal de pesadumbre derivado de la orfandad, cuyas secuelas lo laceraron el resto de sus días.
                      
                                        



                                                  

 
  
                                    
Asimismo, ha rendido homenaje a compañeros que perecieron en el conflicto: Carlos Hernández Cañenguez, Carminda Castro Sánchez, la poeta Claudia María Jovel y otros exiliados como Carlos Sánchez. Por las trágicas circunstancias en que se produjeron los decesos y la huida del solar patrio, estos versos son particularmente desgarradores, revelan cómo la juventud de estos muchachos se vio truncada en aras de una revolución, cuyos ideales fueron traicionados. 

                                                    



Especial mención merece el poema dedicado a Whitney Houston, escrito en medio del duelo mundial que generó el trágico fin de la cantante, fallecida el 11 de febrero de 2012, a raíz de un ahogamiento en un bañera en el Hotel Beverly Hills, tras consumir cocaína y sufrir ataque cardíaco.
                                            


LA MUCHACHA QUE VOS FUISTE

En medio de una tormenta similar a la que precedió a su nacimiento, la noche martes 28 de junio 2022, Álvaro dio lectura a su libro de poemas “La muchacha que vos fuistes”, en el Centro Cultural de España en El Salvador (CCESV), poesía amorosa escenificada en un teatro de guerra.
                                            


El autor proyecta el cuadro de una pareja de jóvenes que se aman y que están dispuestos a ofrendar su vida en nombre de la revolución. El libro aglutina un complejo tejido de amor, ideología, historia y desencanto. Cuando pensamos que el tema la guerra se ha agotado, este poemario desvela que no hay límites a la creación literaria y que las profundidades humanas y las contradicciones son inagotables.

                                            


EL LEGADO

Salvo notables excepciones, en nuestro precario y mezquino mundo cultural, el escritor experimenta dos muertes: primero la física y después el gradual olvido de su obra, que ya no es reeditada, tornándose una misión infructuosa encontrarla. Quizá parte de la lucha de las autoridades y de los investigadores sea impedir que el ogro del olvido devore el legado de estos hacedores de cultura y eso pasa por sistematizar, analizar y difundir sus obras.
                                        


Sin duda, formado en el viejo continente, con cánones literarios de primer mundo, Álvaro Rivera Larios da aportes valiosos al acervo cultural de nuestro país. Es una tarea pendiente aglutinar su trabajos, dispersos en periódicos virtuales, redes sociales, manuscritos, clasificarlos por géneros (poesía, cuento, ensayo, crítica literaria, crónica), buscando afinidades sutiles entre sus textos y luego hacer un esfuerzo para publicarlos.

                                                

lunes, 12 de junio de 2023

EL ENTRAÑABLE AMOR AL TERRUÑO

 Por Joaquín Rivera Larios



Tantas canciones que revelan el amor hacia el terruño, el espacio donde hemos vivido episodios memorables. El cancionero sobre este tema  es innumerable: “Vuelve cuando puedas/aqui está tu tierra...” del grupo Alux Nahual,  “Caminito” de Carlos Gardel, “Pueblo mío” de José Feliciano,  “En mi viejo San Juan” de Javier Solis, “México, lindo y Querido”,   De repente, yo me voy pa San Vicente”, “Ya me voy para Santa Ana”, “Carnaval de San Miguel”, entre muchas otras tonadas. 

Una vez más la música como telón de fondo de los recuerdos, fungiendo como vehículo que nos traslada a la velocidad de la luz al pasado y a parajes tal vez lúgubres o sombríos, pero en nuestro imaginario los vemos luminosos, por los recuerdos que despiertan.

                                                


Jorge Luis Borges dijo: “Cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; no se extrañan los sitios, sino los tiempos.” Aunque envejecen las casas y envejecen las personas, tenemos una vinculación psicológica con espacios que consideramos especiales, por los recuerdos que fluyen a borbotones  cada vez que los evocamos o que los recorremos fisicamente.

Salomón dijo en  Eclesiastes  7:10: “No añores viejos tiempos; no es nada sabio”, pero es una inclinación ineludible, porque al juntar esos fragmentos de recuerdos, el individuo  reconstruye su identidad, su historia, se figura quién es y de dónde viene. Y con frecuencia nos adherimos inconscientemente a la idea del poeta  Jorge Manrique, quien pensaba que  cualquier tiempo pasado fue mejor.

                                            


De pronto aparecen emociones, imágenes, ideas asociadas con seres extintos o ausentes, vinculadas con paisajes urbanos o rurales. Cuando vemos las fotos blanco y negro, color sepia, quisiéramos incrustarnos de nuevo en ellas. En esa época pretérita no teníamos plena conciencia que la vida es tan pasajera.

                                    

Nadie se olvida del barrio o la escuela donde se formó, del parque que recreo sus juegos infantiles, donde jugamos partidos en las calles o terrenos polvosos, de la plaza donde vio algún mitin o una campaña evangélica,  un desfile cívico y presenció la declamación de la Oración a la Bandera, las fiestas navideñas, la reventazón de cohetes, la alfombra de papelitos que dejaba en las calles el estallido de esos artefactos. Eramos muy felices y no lo sabíamos.

Aquel viejo barrio o centro de estudio que fue el escenario de todos los comienzos, se vuelven un pedazo de alma, un trozo de memoria. En aquellos parajes entrañables  tuvimos los primeros amigos, las primeras riñas, la primera novia en nuestro mundo de ensueño, aunque ella nunca lo supo. Todos estas remembranzas nos reafirman que somos seres nostálgicos.

                                            



Un libro entrañable que logra acrecentar el amor al terruño es “Lecturas Nacionales de El Salvador”, del ilustre Maestro viroleño Saúl Flores (1889-1980), una obra que recoge retazos de vida, enunciados axiológicos y morales, un cúmulo de relatos que rinden tributo a la identidad salvadoreña, esbozan la campiña,  la admiración que despiertan nuestra flora, lagos, volcanes,  aspectos de la idiosincrasia de nuestra gente y desde luego anécdotas  de personajes salvadoreños como el Maestro Mártir, Marcelino García Flamenco y Anita Alvarado. 
                                    

Hace un par de meses volví al hogar abandonado de mis padres ya fallecidos y volví recorrer con nostalgia  cada espacio de la casa, los dormitorios, el comedor, la sala y la extensa de galera que construyó mi progenitor para instalar su taller de mecánica,  retornaron a mi memoria los sueños de mi padre de plantar en ese local una gran industria, de generar fuentes de empleo y de dinamizar la economía nacional. Volvieron a operar sus viejas maquinas (el esmeril, el torno, la dobladora de láminael compresor, el aparato de soldadura) y la sinfonía de ruidos que generaba el viejo taller se activó nuevamente.          

                                  


Al trajinar por San Salvador, el escenario de mis vivencias, echo de menos algunas edificaciones icónicas que le daban identidad a la ciudad y que se dañaron con el Terremoto del 10 de octubre de 1986, como el edificio de la Biblioteca Nacional que estaba frente al mercado ex Cuartel, la Casa Ambrogi (considerada el Primer Rascacielos de Centroamérica), la bella iglesia Concepción, cuya cúpula fue pintada por el artista chileno Luis Vergara Ahumada (el mismo que pintó los oleos de la ex Casa Presidencial en San Jacinto del “Primer Grito de Independencia”, la “Firma del Acta de Independencia" y “el Ocaso de un Sol”, que retrata a Manuel José Arce en su lecho de muerte).




   


Por esa conexión tan arraigada del habitante al territorio donde nació y creció,  tiene tanta importancia para la autoestima y la identidad  de un pueblo rescatar áreas o zonas con tanta significación espiritual como el Centro Histórico. Cuantas vivencias de la infancia, la adolescencia, la edad adulta  están asociadas al Palacio Nacional, al Telégrafo, al Teatro Nacional,  a la Plaza Barrios, a la Plaza Morazán,  al desparecido edificio de Correos, al Hula Hula, la Catedral, la Iglesia El  Calvario.  Cuantos personajes históricos que dejaron honda huella en el país pulularon por esos espacios.  

                                    


   

sábado, 27 de mayo de 2023

RECUERDOS DEL COLEGIO UNION 890

Por Joaquín Rivera Larios




Durante los convulsos años de 1975, 1976 y 1980 cursé primero, segundo y sexto grados en el Colegio Unión 890, también conocido a secas como “El Espinal”, el cual estaba ubicado sobre la Alameda Juan Pablo II, media cuadra al oriente del Parque Centenario. Esa casa de estudios, fundada el 4 de junio de 1924,  desapareció poco después del terremoto del 10 de octubre de 1986. Casi enfrente estaba la Escuela de niñas República de Colombia y una cuadra al oriente el Colegio de niñas La Divina Providencia.

El colegio solo impartía primaria, era dirigido por su propietaria, doña Margarita Espinal de Rivera Pino (1905-1987), la recordada “niña Yita”,  una docente muy dinámica, abnegada y seria, que se entregaba en cuerpo y alma a su apostolado. Al retornar en 1980 para cursar sexto grado, me encuentro con la niña Yita en silla de ruedas por la amputación de una pierna, pero no perdía su mística de trabajo y autoridad. 

Fue hija de Francisco Espinal y Rosa Ramos, nació  en San Salvador el 3 de febrero de 1905. Contrajo nupcias con Carlos Rivera Pino el 26  de diciembre de 1941. Falleció en San Salvador  el 4 de agosto de 1987 a los ochenta y dos años y fue sepultada al día siguiente en el Cementerio General.


                                            
    

Doña Margarita fue muy destacada, prueba de ello es que El Diario de Hoy del sábado 3 de octubre de 1981, dio cuenta que fue electa Mujer del año 1981-1982, en Asamblea General de la Unión de Mujeres Americanas, Capítulo El Salvador, por enmarcar una personalidad definida y valiosa y por tener una fecunda trayectoria de servicio cultural y social, en beneficio de los niños, de la juventud y de las clases desposeídas.
 
                                                



Con respecto al origen del curioso nombre del Colegio, tenía la remota idea que era para rememorar una de las tantas gestas fallidas que se promovieron para activar el estado federal de Centroamerica en el siglo XIX. Una versión distinta proporciona  Norma Alicia Pañameno Merlos, profesora de kinder en los setentas, quien explica que el padre de la niña Yita, era originario de La Unión y en el ejercito estadounidense tenía asignado el número 890, de ahí que al egresar su hija de la Escuela Normal de San Salvador, le dijo “te voy a poner un colegio y le vas a poner Unión 890”.                                                                         



La lucha de la memoria contra el olvido es cuesta arriba. En el ánimo de hacer una breve reseña de la historia del Colegio,  solicité al Ministerio de Educación a través de la oficina de Acceso a la Información Pública, datos sobre la fecha de fundación y cierre del centro de estudios, la fecha de publicación del Acuerdo de creación en el Diario Oficial. Para mi sorpresa, dicha oficina declaró inexistente esa información, mediante resolución del veintiséis de mayo de dos mil veintitrés, aduciendo que el Jefe del Departamento de Legalización de Centros Escolares no tenía registros de dicha entidad, porque la Unidad de Acreditación y Coordinación de Centros Escolares inició labores en 1996.

       

Escudriñando en la red encontré otro hallazgo histórico valioso, y es el acuerdo de autorización de la nómina de profesores del colegio en 1966, suscrito en el Palacio Nacional  por el entonces Ministro de Educación Revelo Borja a nombre de la Dirección General de Educación  Primaria,  publicado en el Diario Oficial del 30 de septiembre de 1966, Tomo No. 212, Pág.15 

                                


Una de las cartas presentación más grandes del Colegio Unión 890, es que en sus aulas se formó en los años treinta del siglo pasado, el ingeniero José Napoleón Duarte (1925-1990), ex presidente de la República, ex Alcalde de San Salvador, antes de ingresar al Liceo Salvadoreño, de donde graduó de bachiller en 1944, recibiendo la protección y guía del padre marista Anacleto. Esto se hizo publico en un documental que se difundió en TV para la campaña presidencial de 1984 que se puede apreciar en YouTube bajo el título “ Biografía del Presidente Ing. José Napoleón Duarte”.

                                                                            

Recalé en el colegio justo en 1975, cuando frisaba los seis años, vestía guayabera celeste y pantalón corto azul negro, año en que El Salvador, lucía sus mejores galas para recibir a las mujeres más bellas del planeta, que deslumbraban y generaban crispación y frenesí donde llegaban, en el marco del concurso Miss Universo que tuvo lugar en el Gimnasio Nacional el 19 de julio de ese año. En aquella época el eslogan turístico de nuestro país era “El Salvador, el país de la sonrisa”.


                                                            
                                                                        
El segundo trimestre de primer grado sufrí una advertencia lapidaria: si no aprendía a leer aplazaría el grado. En principio batallé día y noche infructuosamente con el Silabario Hipanoamericano, para abrirme paso en el mundo de la lectura. Fueron días aciagos, la posibilidad de  reprobar el grado se había convertido en una pesadilla que me robaba el sueño. Mi maestra Elba Orellana de López perdió la paciencia y la tribulación cercenó mi capacidad de aprendizaje. 
                                                


Fue mi hermana Gladys la que acudió en mi auxilio, con proverbial paciencia y apoyada en unas tarjetas empezó a alfabetizarme. En dos semanas me abrió los ojos al fascinante mundo de la lectura y me rescató de una reprobación segura. Gracias a Gladys me puse a la par de los compañeros y compañeras, la gran mayoría de ellos ya sabían leer cuando llegaron a primer grado, habían aprendido en preparatoria. Segundo grado, a cargo de la maestra Haydee Cortez de Martell, fue menos traumático.  
                                            

El temor cundía en el salón de clase cuando asomaba doña Enriqueta Kreits (“niña Queta”), una señora de avanzada edad, al parecer de origen alemán, que colaboraba en la administración y supervisión de la disciplina, ya que nos advertía que el niño o niña que no observara buena conducta, sería confinado a un salón oscuro. El miedo a un eventual castigo expandía nuestra imaginación infantil y nos hacía recrear los elementos terroríficos que habitaban ese salón sombrío. Yo me representaba un cuarto poblado de tiburones.




EVENTOS MEMORABLES

Uno de los recuerdos más memorables vinculado al colegio tuvo lugar una soleada mañana de 1976, cuando de improviso llegó Chirajito (1936-2010)  al salón de actos, diciéndonos “hola marachitos” y nos deleito con sus ocurrencias. Chirajito, cuyo nombre real era Arístides Alfaro Samper,  fue famoso por su participación en el programa dominical de televisión “Jardin Infantil” que transmitía Canal 2 y a su vez por disparar frases como "Marachito", "Guacata", "Ya te vas papito, salú pues".

                                            


Otro evento inolvidable fue la celebración del cumpleaños de la compañera Teresa del Carmen Blanco Gumero, en segundo grado. Posteriormente me reencontré a Teresita como condiscipula en las aulas de la Facultad de Derecho de la Universidad José Matías Delgado. Venía de las filas de la Escuela Americana. Su familia era dueña de la famosa Academia Lina, que impartía clases de costurería y cosmetología.

EL RETORNO AL COLEGIO

Cuando retorné al Colegio en 1980 para cursar sexto grado, después de estudiar tres años en la Escuela Experimental Unificada Humberto Romero Alvergue, mi maestra fue doña Elia Matilde Benavides de Guzman,  una docente muy seria y estricta, pero también muy humanitaria que gozaba de mucho respeto y  generaba cierto temor por desplegar  mucha autoridad en el aula.                                 
                                                      

Doña Elia,  oriunda de San Miguel, falleció a los 95 años el 5 de diciembre de 2012. Fue la maestra que de manera más personalizada trató de contrarrestar una carencia endémica que he padecido: mi dificultad para las matemáticas. Acostumbraba pasarme a la pizarra a hacer sumas, restas, divisiones y corregirme los errores. Solía decirme que yo deambulaba de extremo en extremo: regularmente no era muy aplicado y a veces me extendía demasiado en algunas tareas.

                                                

Las nieves del tiempo congelan la memoria y me cuesta evocar los nombres y apellidos de las compañeras y compañeros que tuve, algunos de ellos son: Oscar Cadenas, Juan José Rivera, Manuel Vides, Choto, Rubén, Rafael,  Miguel, Darwin, Ronald Claros, los hermanos ZavalaPatricia DoñanSonia Henríquez,  cuya familia era propietaria de la Funeraria "La Católica" que estaba en el Barrio Concepción, frente a la Iglesia Misión Centroamericana.

                                        


Entre las compañeras destacaba Paty Doñan, una chica de tez blanca, de estatura mediana, muy sensata y madura, que desde mi perspectiva era la más atractiva de sexto grado. Era alguien que podía dar muy buenos consejos a un compañero de su edad. Solo una vez platiqué extensamente con ella en el aula, y creo que esa única conversación me motivó a mejorar mi rendimiento escolar.                                         

                

En el cuadro de honor ocupaba el segundo lugar, ya que el primer lugar era patrimonio exclusivo de Darwin, hijo de una profesora que daba clases en la Escuela Perú, ubicada a principios de los ochenta 
en la calle Concepción. Paty Doñan después pasó al Colegio Divina Providencia.


                                                                
                                                                            
El humorista más sobresaliente de sexto grado, era Julio a quien apellidabamos afectuosamente “Camote”. Julio nos hacía reír cuando declamaba con singular gracia las "Puesiyas" de Aniceto. El apodo tuvo sus génesis en clases cuando se hablaba de los alimentos que habían traído los europeos a América y Julio preguntaba a la maestra insistentemente si los europeos habían traído los camotes o eran propios de nuestro continente.

                                        


Julio tenía un hermano en el salón llamado Héctor, cuyo padre tenía un negocio de venta de cocos muy exitoso denominado  “Los Coquitos”, ubicado esquina opuesta al mercado ex Cuartel. De las jugosas ganancias de este negocio solía invitarnos a refrigerios en recreo. Por disposición de la dirección a los alumnos de sexto grado le correspondía la venta de gaseosas en recreo.

Conservé por muchos años una preciosa medalla de oro que se me entregó en la clausura de sexto grado con el signo zodiacal libra (la balanza) correspondiente a octubre, el mes que en que nací. Las medallas las pagamos los alumnos mediante una colecta que se hacía durante varios meses previos a la clausura.

Un estampa envuelta en nostalgia que viene a mi mente frecuentemente, es la imagen muy anciana de su Directora, doña Margarita, tocando el piano, con sus muletas al lado y nosotros (los pequeñines), cantando en un desafinado coro, en el cual por cierto algunos distorsionábamos las letras de las canciones en sentido pícaro. No obstante, las voces disonantes, la pianista, sin inmutarse se abstraía en su oficio.

MI AMIGO JUAN JOSÉ

Durante mi estancia en el colegio mi mejor amigo fue Juan José Rivera, fuimos compañeros en primero, segundo y sexto grado. Era jodedor, la chispa de la picardía se advertía en sus ojos, pese a su hiperactividad y lances donjuanescos, era un alumno muy dedicado e inteligente y compartía el segundo lugar con Paty Doñan.

                                



Era para esa época un apasionado del baloncesto en un pequeño centro de estudios donde nadie se apasionaba por el deporte de las cestas. Gracias a su incontrolado fervor por el baloncesto Juan llegó a figurar en los juegos estudiantiles con el Colegio Don Bosco, entonces dirigido por Kike Samour y en la Selección Nacional juvenil.

                                                                    
Recuerdo que en 1980 el profesor de Educación física armó un trabuco para enfrentar a un equipo del Instituto Cultural Miguel de Cervantes, el único jugador diestro con que contábamos era Juan José, los demás eran  lerdos, improvisados, sin destreza en ese deporte. Me entrené para jugar, pero el profesor hizo disputar el partido a toda la banca, menos a mí. El resultado fue una paliza descomunal de 60 a 0. A Juan José el marcador tan humillante lo hirió en su amor propio, a tal grado que cuando pasé a estudiar al Instituto Cervantes, me llamó por teléfono un par de veces, para ver si quien escribe podía gestionar un partido de revancha, esta vez con un equipo del Don Bosco en el que pertenecía Juan.

FIN DEL COLEGIO

El devastador terremoto del 10 de octubre de 1986 a las 11: 49 que asoló San Salvador, causando 1,530 muertes, 10,000 heridos, unos 200,000 damnificados y millonarias pérdidas, incluyéndose entre las víctimas mortales a 46 niñas de la Escuela Santa Catalina de San Jacinto, al parecer puso fin al Colegio Unión 890, ya que al año siguiente murió su directora, Margarita Espinal de Rivera Pino.


                                        


Aparte de una página de Facebook con el nombre del colegio, la única crónica que he encontrado en la red relacionada con ese centro de estudios, es el artículo “Terremoto 86” en el blog denominado Visión Light, en el que se describe el impacto del sismo en un niño de primer grado, a quien la catástrofe sorprendió cuando hacía fila para salir de clases y esperar que sus padres lo llegaran a traer. 
                                            


El autor narra que a raíz de la catástrofe la maestra se fue al suelo, lo que provoco la risa de todos los niños, pero luego el movimiento se hizo más fuerte, los demás alumnos del viejo colegio comenzaron a salir de las aulas y a correr por todos lados. Las niñas mayores lloraban, unas maestras gritaban que se calmaran y un alumno incluso andaba sangrando por unos vidrios que se quebraron de una ventana. Añadió que lo más feo de todo fue cuando vio entrar al colegio a su mamá afligida y con la pierna sangrada, ya que se hirió con un espejo que había en la oficina donde trabajaba.
                        


Al traer a cuenta al Colegio Unión 890, lo asoció automáticamente con la hecatombe de octubre de 1986, que no solo nos privo de miles de vidas, de icónicos edificios en el Centro Histórico y de arcaicas viviendas, sino también de aquel viejo centro de estudios que tantos recuerdos concita, empezando por aquellas maestras tan abnegadas, que nos inculcaron valores con su ejemplo, evoco a doña Elia, a la niña Yita, a doña Enriqueta Kreits (“niña Queta”), y  por supuesto,  a mis ex compañeros y compañeras, a  quienes rindo tributo a través de este artículo.