jueves, 5 de marzo de 2026

EVOCANDO A FAMILIARES ENTRAÑABLES

Por Joaquín Rivera Larios



Alguien dijo: "Cada historia tiene un final, pero en la vida cada final, solo es un nuevo comienzo". Vienen a mi memoria mi padre y mis tios por el lado de la familia Rivera, quienes partieron en su mayoría a la eternidad, pero su testimonio de vida sigue moldeado la existencia de los suyos, pintaron cada uno con su peculiar talento y personalidad  un mundo que aún hoy sigue irradiando brillo.
Partieron a otra dimensión en su mayoría, pero el recuerdo sigue inspirándonos. Es encomiable la forma como batallaron para derrotar las circunstancias adversas en las que nacieron y crecieron y así dar a los suyos una mejor vida que la que ellos sobrellevaron en sus años mozos. Dieron mucho más de lo que recibieron.



Tío Gabriel hizo gala de su talento y habilidad para comercializar sus muebles producidos su taller de carpintería, que por los azares del destino, tuvo que reinstalar varias veces. Tuvo clientes importantes como los ahora extintos Almacenes Schwartz.  Fue un gran conversador, muy buen contador de chistes, poseedor de una vasta cultura vital y activo miembro de Alcohólicos Anónimos en San Salvador y ciudad de Guatemala.



                    

Tía Rosa nos deleitó con sus famosos "Panes Silvia" en colonia La Rabida, mantuvo su negocio pese a atentados y amenazas, agudizados por el conflicto armando, proyectando excelencia en el arte culinario. Contó con el valioso e  incondicional  auxilio de tía Isabel (Chave) que fue su mano derecha, quien además fue una excelente panificadora.

Tía Berta, nacida en San Salvador, pero hizo su vida en Santiago de María, fue un ejemplo de mesura, respeto y decoro, nos obsequió preciosos momentos en su casa y en las verdes praderas de su terruño adoptivo. Mi hermano Álvaro, que en su adolescencia disfrutó temporadas en aquel pueblo acogedor, le dedico un poema, en una de cuyas estrofas dice: "Se mirará así, de pie/en la tranquilidad de su sangre/venida de un viaje remoto/a través de linajes y árboles/hasta dejar su nombre entre nosotros: BERTA".




Tío Alejandro hizo un derroche de servicio para cuidar a su madre, Arcadia (1904-1994), ha sido una mano extendida para socorrer a queridos familiares en situaciones de tribulación. De igual forma tía Mercedes, ha sido sumamente servicial y hospitalaria en su casa en la ciudad de Guatemala. Ambos sembraron amor en sus respectivas familias y forjaron hijos exitosos, con ejercicios profesionales ejemplares.



El recuerdo de sus existencias fuera de serie es una invitación a no claudicar, a no sucumbir y a marchar siempre hacia adelante. Yo camino y me proyecto al futuro, mirando de reojo al pasado la vida de estos guerreros, cuyas huellas me parecen como luces intermitentes que de pronto se prenden en cada atajo que transito.



Mi padre Salvador Rivera (1919-2004) y sus seis hermanos que llegaron a la edad adulta: Gabriel (1933-1998), Berta (1921-2004), Isabel (1923-2001), Rosa (1925-2021), Alejandro (1938) y Mercedes (1935), hijos todos de Arcadia (1904-1994), recibieron un merecido homenaje la tarde del sábado 21 de febrero de 2026 en un concurrido evento familiar que tuvo lugar en el Colegio Médico de San Salvador.
 




PRIMOS INOLVIDABLES

El mismo sábado 21 de febrero tuvimos el privilegio de rendir tributo a nuestros primos fallecidos del lado de la familia Rivera, en un concurrido evento familiar. Siempre estarán con nosotros y mientras los recordemos, no morirán. De izquierda a derecha Byron (1963-2021), Francis Armando (1969-2023), Aracely (1950-2012), Norma (1967-2018), Dagoberto (1948-2020) y César Edmundo (1949-2021).





EL PESO DE UNA AUSENCIA 



Más de alguna vez he escrito que cuando abordo alguna tribuna, comparezco a alguna audiencia, ingreso a los tribunales, la imagen y la memoria de mi padre me acompaña, pero probablemente no he sido exacto en mi relato, porque también me acompaña la imagen del tío Joaquín Rivera (1898-1966), el familiar más entrañable que tuvo mi progenitor, después de su bisabuela, Eduarda Avelar (1863?-1935).





La vida de cada persona es un claroscuro, está impregnada de luces y sombras, somos un enigma hasta para nosotros mismos, no tenemos claro de donde hemos heredado ciertos hábitos, inquietudes, vocaciones, aficiones, puntos de vista, desconocemos aspectos que han determinado nuestro ADN.



Eso me ocurre con el tío Joaquín Rivera, a quien no tuve el privilegio de conocer. Yo vine al mundo, dos años dos meses después de su partida. Mi progenitor tenía una personalidad compleja, se le nublaban los ojos cuando evocaba al tío Joaquín, admiraba a los grandes empresarios, inventores, literatos, tenía el hábito de la lectura, cobijaba sueños de grandeza.



De manera muy ligera y superficial asumo automáticamente que esas inclinaciones las heredó del tío Joaquín, la persona más culta de la familia Rivera la primera mitad del siglo veinte.


A veces los hijos y los nietos por aquellos azares del destino somos repuestos afectivos de parientes muy queridos que emprenden vuelo a la eternidad, y para perpetuar su memoria y llenar el profundo vacío que dejan, les ponen los nombres de los seres extintos, predeterminando de alguna manera las nuevas existencias.


Yo camino con la imagen del tío Joaquín Rivera en mente, me pregunto continuamente cómo su estilo, personalidad y visión del mundo predeterminaron la vida de mi padre y la mía, me pregunto cómo fue la época en que vivió, los factores que le provocaron dolor y precipitaron su muerte.

Aunque no lo conocí, tengo la convicción que el recuerdo del tío Joaquín y el de mi padre, desde una dimensión paralela, guían mis pasos. Es así como viendo al pasado nos proyectamos al futuro

domingo, 25 de enero de 2026

¡HASTA SIEMPRE JORGE ALBERTO MELÉNDEZ AQUINO!

Por Joaquín Rivera Larios 



El viernes 23 de enero a las veinte horas cerró sus ojos a la eternidad nuestro compañero de bachillerato, Jorge Alberto Meléndez Aquino, médico, graduado de la Universidad Evangélica de El Salvador (promoción 1994). Al fallecer fungía como Colaborador Técnico del Ministerio de Salud (MINSAL). Fue miembro del equipo de la Dirección Materno Perinatal de la Niñez del MINSAL.

                                    

Nació el 31 de mayo de 1968. Le sobreviven su esposa Juana María Núñez de Meléndez y seis hijos: Andrea, Mariana, Fernando, María Celeste, José Sebastián y María Valentina.

Nos deja el grato recuerdo de un ser con gran calidad humana, muy simpático, juguetón, respetuoso, suave, sereno, bromista, afectuoso, empático y noble en el trato, amoroso esposo y padre de familia. Muy buen estudiante, de aquellos que sin petulancia ni jactancia, siempre le apuntaban al diez. Gozaba de la simpatía de la inmensa mayoría de compañeros.




Toda su formación básica y media la recibió en el Colegio Bautista de San Salvador, al que ingresó en parvularia en 1974, hasta su graduación en 1986. Desde su ingreso alternó con compañeros con los que después culminaría el bachillerato como Flora Carolina Peña, Gilda Laura Ortiz Jiménez, Jorge Portillo, Rafael y Emilio Duran. Por varios lustros fue miembro activo con su esposa e hijos del movimiento neocatecumenal de la Iglesia Católica.




Cuando llegué al Colegio Bautista en febrero de 1985, como todo estudiante nuevo me sentí extraño, cual mascota recién comprada, pero Jorge Meléndez fue el compañero que me trató de manera más afectuosa y me hizo sentir en ambiente. Nunca olvidaré la efusividad con la que me saludo la primera vez que tuve el privilegio de verlo. Yo lo percibía como parte de la élite del grado, porque solía hacer grupo con las compañeras y compañeros que habían hecho sociedad con la excelencia.




Corría agosto de 1986, era una tarde muy soleada, me encontraba en el camposanto "Jardines del Recuerdo", con motivo del sepelio de mi abuela Marcelina Larios, cuando de repente veo aparecer entre los verdes pastos a Jorge Meléndez, junto a Mario Guerra, Agustín García, Flora Peña, Ana del Rosario Nájera, quienes me acompañaron en el duelo. Nunca olvido ese gesto de solidaridad de mis compañeros y de Jorge en particular.



Agustín González compartió aulas y clases con Jorge en el Colegio Bautista y en la Universidad Evangélica, comentó en Facebook: "Jorgito fue uno de esos regalos que Dios todo poderoso nos permite tener...muchos recuerdos desde estudiar juntos matemáticas en el Bautista hasta estudiar micro anatomía en universidad o de jugar futbol en la playita a jugar billar en la sociedad Dental...bueno hasta luego...un abrazo para mi Jhonny ( no solo por haber sido primero amigos de trinchera y luego una fiel esposa de Jorgito )".




Jorge Portillo, trajo a cuenta anécdotas con el extinto compañero de aula: "Te adelantaste mi querido Jorge, fuiste un gran amigo, siempre voy a recordar tus regaños y consejos, cuando íbamos a tu casa a estudiar o al consultorio de tu padre; en la tristeza me queda la alegría que nos volvimos a ver, de nuevo hablamos sobre tu afición a los Lakers y yo a los Celtics, al fútbol americano y tú afición por los patriotas y nuestra afición a la UFC, jodimos y nos reímos, pero así es la vida, Dios sabe porque. Dejas un gran legado con tu familia que se que te amó y los amaste, mejor premio que eso, nada. Nos volveremos a ver espero..."



En su trajinar como médico del Ministerio de Salud, coincidió con el ex Alcalde de Santiago Texacuangos y actual concejal del municipio de San Salvador Sur, Alberto Estupinián Ramírez, quien comentó en la red que Jorge era muy recordado en aquella localidad y que venían a su mente las reuniones de trabajo que tuvieron para construir la Unidad de Salud.


Sin exagerar, con su prematura y abrupta partida, siento que una parte de mi ha muerto, porque con Jorge “el gordito”, nos hermanaba muchas cosas: la misma promoción de bachillerato, los mismos maestros abnegados, las mismas vivencias, el profundo amor al Colegio Bautista y a los valores cristianos que encarna, formar parte de la misma generación, y haber sido golpeado por los mismos siniestros, como el terremoto de 1986 que disolvió de golpe la fiesta de graduación.

                                


Jorge Meléndez junto a un selecto grupo de compañeros y compañeras me transmitieron con su ejemplo de superación y con su talante moral una energía que aún hoy, cuarenta años después, me sigue inspirando. ¡ Hasta siempre Jorge "Gordito" Meléndez!














viernes, 9 de enero de 2026

EL TALENTO GENETICO DE ALFREDO ESPINO, EL POETA NIÑO

Por Joaquín Rivera Larios




Alfredo Espino (1900-1928), quien cautivó el alma salvadoreña, con inolvidables poemas bucólicos “Manos de mi madre”, “Ascensión”, “Un rancho y un lucero”, arribo a este valle de lágrimas con el genio literario inserto en su código genético. En efecto, esa formidable capacidad para endulzar los oídos hasta del público infantil, no fue un hecho fortuito o casual.




La providencia quiso que Alfredo descendiera de una estirpe de escritores de renombre: Alfonso (1882-1946), su padre, profesor de “Ciencias y Letras”, autor del libro de poesía "Mármoles y Bronces"; y su madre, Enriqueta Najarro (1874-1939), maestra y poetisa, hija de Antonio Najarro (1850-1890), abogado y hombre de letras, quien fue parlamentario y profesor de la Universidad Nacional, autor del libro "Ecos del Alma"(1919), con un prólogo de Francisco Gavidia.







Sobre Enriqueta Najarro se sabe y está consignado en los informes de Instrucción Pública, es que era la estudiante más destacada de su promoción en el Colegio Normal de Señoritas. Falleció en 1939, después de varios años de confinamiento en el Hospital Psiquiátrico de El Salvador


El abuelo paterno del poeta niño, fue el médico y literato guatemalteco, Antonio Espino. Este fulgurante ejemplo nos ratifica que el talento deportivo, artístico o intelectual es un don que suele insertarse en el ADN que a su vez se nutre de la riqueza cultural del entorno familiar, social o educativo. No es un fenómeno aislado, es decir surge de una combinación entre genética y ambiente.



De ese cúmulo de influencias benéficas, transmitidas de generación en generación, emergió otro gran literato, verdadero orfebre de la prosa: Miguel Ángel Espino (1902-1967),  hermano menor de Alfredo, que de no ser por un derrame cerebral, que le impidió acrecentar su legado, bien pudo ser un novelista de la talla de Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura 1967. Aun así nos legó obras vibrantes e inmersivas, como las novelas "Trenes" (1940) "Hombres contra la muerte", así como la obra "Mitología de Cuscatlán" (1919), que escribió cuando solo tenía 17 años.








En mis lecturas dispersas encontré una frase de Juan Ramón Jiménez(1881-1958), que se refiere a Amado Nervo (1870-1919), y dice: "Hay poetas a quienes amo con la frente; a este lo quiero con el corazón". Dos de nuestros escritores más queridos y más cuestionados son Alberto Masferrer (1868-1932) y Alfredo Espino (1900-1928), se les ha objetado incluso su falta de solidez académica, pero algo incuestionable es que sabían llegar al corazón de sus lectores, y por eso se les rinde tributo permanentemente.




Aprecio mucho al escritor y actor salvadoreño Francisco Andrés Escobar (1942-2010), Premio Nacional de Cultura 1996, especialmente porque reivindicó la memoria de Alfredo Espino, en la obra biográfica "La Lira, La Cruz y La Sombra" (CONCULTURA 2000, por el centenario del natalicio), cruelmente vilipendiada por "escritores progresistas", quienes ciegamente consideraron que la única literatura valida es la que denuncia la injusticia social.




El escritor Mario Noel Rodríguez comenta en Facebook que hay dos documentos imprescindibles para entender mejor la vida y obra del salvadoreño Alfredo Espino. Uno es el escrito por Francisco Andrés Escobar: “La lira, la cruz y la sombra” arriba citado, quien tuvo la oportunidad de hablar con Hortensia Espino de Gavidia, hermana de Alfredo, casada con un hijo de Francisco Gavidia.


El texto de Escobar tiene tres secciones: la primera es una especie de biografía muy personal sobre Alfredo, la segunda una pieza teatral dramática luego de la muerte del poeta y la tercera varios escritos tras el fallecimiento.



Prosigue Mario Noel señalando que el segundo es un ensayo biográfico escrito por el poeta y periodista Jorge Ávalos, titulado “Las tres muertes de Alfredo Espino” (ensayo ganador de los Juegos Florales de San Salvador, 2020). Ambos libros publicados por el estado salvadoreño.