viernes, 9 de enero de 2026

EL TALENTO GENETICO DE ALFREDO ESPINO, EL POETA NIÑO

Por Joaquín Rivera Larios




Alfredo Espino (1900-1928), quien cautivó el alma salvadoreña, con inolvidables poemas bucólicos “Manos de mi madre”, “Ascensión”, “Un rancho y un lucero”, arribo a este valle de lágrimas con el genio literario inserto en su código genético. En efecto, esa formidable capacidad para endulzar los oídos hasta del público infantil, no fue un hecho fortuito o casual.




La providencia quiso que Alfredo descendiera de una estirpe de escritores de renombre: Alfonso (1882-1946), su padre, profesor de “Ciencias y Letras”, autor del libro de poesía "Mármoles y Bronces"; y su madre, Enriqueta Najarro (1874-1939), maestra y poetisa, hija de Antonio Najarro (1850-1890), abogado y hombre de letras, quien fue parlamentario y profesor de la Universidad Nacional, autor del libro "Ecos del Alma"(1919), con un prólogo de Francisco Gavidia.







Sobre Enriqueta Najarro se sabe y está consignado en los informes de Instrucción Pública, es que era la estudiante más destacada de su promoción en el Colegio Normal de Señoritas. Falleció en 1939, después de varios años de confinamiento en el Hospital Psiquiátrico de El Salvador


El abuelo paterno del poeta niño, fue el médico y literato guatemalteco, Antonio Espino. Este fulgurante ejemplo nos ratifica que el talento deportivo, artístico o intelectual es un don que suele insertarse en el ADN que a su vez se nutre de la riqueza cultural del entorno familiar, social o educativo. No es un fenómeno aislado, es decir surge de una combinación entre genética y ambiente.



De ese cúmulo de influencias benéficas, transmitidas de generación en generación, emergió otro gran literato, verdadero orfebre de la prosa: Miguel Ángel Espino (1902-1967),  hermano menor de Alfredo, que de no ser por un derrame cerebral, que le impidió acrecentar su legado, bien pudo ser un novelista de la talla de Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura 1967. Aun así nos legó obras vibrantes e inmersivas, como las novelas "Trenes" (1940) "Hombres contra la muerte", así como la obra "Mitología de Cuscatlán" (1919), que escribió cuando solo tenía 17 años.








En mis lecturas dispersas encontré una frase de Juan Ramón Jiménez(1881-1958), que se refiere a Amado Nervo (1870-1919), y dice: "Hay poetas a quienes amo con la frente; a este lo quiero con el corazón". Dos de nuestros escritores más queridos y más cuestionados son Alberto Masferrer (1868-1932) y Alfredo Espino (1900-1928), se les ha objetado incluso su falta de solidez académica, pero algo incuestionable es que sabían llegar al corazón de sus lectores, y por eso se les rinde tributo permanentemente.




Aprecio mucho al escritor y actor salvadoreño Francisco Andrés Escobar (1942-2010), Premio Nacional de Cultura 1996, especialmente porque reivindicó la memoria de Alfredo Espino, en la obra biográfica "La Lira, La Cruz y La Sombra" (CONCULTURA 2000, por el centenario del natalicio), cruelmente vilipendiada por "escritores progresistas", quienes ciegamente consideraron que la única literatura valida es la que denuncia la injusticia social.




El escritor Mario Noel Rodríguez comenta en Facebook que hay dos documentos imprescindibles para entender mejor la vida y obra del salvadoreño Alfredo Espino. Uno es el escrito por Francisco Andrés Escobar: “La lira, la cruz y la sombra” arriba citado, quien tuvo la oportunidad de hablar con Hortensia Espino de Gavidia, hermana de Alfredo, casada con un hijo de Francisco Gavidia.


El texto de Escobar tiene tres secciones: la primera es una especie de biografía muy personal sobre Alfredo, la segunda una pieza teatral dramática luego de la muerte del poeta y la tercera varios escritos tras el fallecimiento.



Prosigue Mario Noel señalando que el segundo es un ensayo biográfico escrito por el poeta y periodista Jorge Ávalos, titulado “Las tres muertes de Alfredo Espino” (ensayo ganador de los Juegos Florales de San Salvador, 2020). Ambos libros publicados por el estado salvadoreño.





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