sábado, 7 de noviembre de 2020

EL PRESIDENTE DE PANAMÁ QUE SE GRADUÓ DE LA ESCUELA MILITAR DE EL SALVADOR

 Por Joaquín Rivera Larios
                                                          



                                                            
Omar Torrijos, quien llegara a ser gobernante de Panamá y hombre fuerte desde 1968 hasta 1981, mundialmente celebre por haber recuperado el Canal para su país a través del Tratado Torrijos-Carter, cursaba el tercer año de estudios magisteriales cuando ganó una beca para hacer estudios en la Escuela Militar de El Salvador, en donde obtiene los títulos de Subteniente de Infantería y Bachiller en Ciencias y Letras.

Omar Efraín Torrijos Herrera nació el 13 de febrero de 1929, fue el sexto hijo de José María Torrijos, un docente oriundo del Valle del Cauca en Colombia y de Josefina Herrera, veragüense. Creció en una casa humilde, multitudinaria (eran doce hermanos). Sus padres daban clases en los caseríos de Santiago de Veraguas en la Escuela Normal de Santiago Juan Demóstenes Arosemena. Cursó estudios en esa Normal, localizada en su pueblo natal, para complacer a sus padres quienes querían que Omar siguiera sus pasos en la profesión. 





Según una placa que aparece en el Salón de Honor de la Escuela Militar Cap. Gral. Gerardo Barrios, Torrijos egresó de subteniente el 15 de noviembre de 1951, integrando la XXI promoción 1948-1951, a la que también pertenece otro panameño Ricaurte Batista. En este período fue recluta del cadete Arturo Armando Molina que llegaría a ser Presidente de El Salvador en el quinquenio 1972-1977 y quien por cierto fue primera antigüedad en la XIX promoción que egresó en 1949.




En la Escuela Militar salvadoreña, el joven Torrijos llegó a ser considerado como un líder de su grupo, por su interés en el estudio de los problemas socio-económicos y políticos de los pueblos centroamericanos, por su capacidad organizativa y sus dones de conductor y por su profundo sentido del compañerismo.
                                                                                     

                                            
No obstante ser el graduado con mayor renombre internacional de esa casa de estudios, Omar Torrijos, no aparece dentro de ninguna de las cinco primeras antigüedades de la promoción XXI (1951), en la que destacaron: 1) Julio González Palomo; 2) Jorge Alfredo Pinto, 3)Guillermo Rivas Rodriguez; 4) Carlos Arturo Azucena; 5)Raul Armando Parada. La Escuela fue dirigida desde 1941 hasta 1953 por oficiales estadounidenses, los directores que fungieron en la época del cadete Torrijos fueron: Coroneles John Frederik Schmelzer, Henry H. Leanard Jr., Ramón A. Nadal. (Hidalgo Martínez, Julio Héctor, Historia de la Escuela Militar "Cap. Gral. Gerardo Barrios, San Salvador, El Salvador, Enero 2020,  Pág. 204)

Con 23 años pasó a engrosar la Guardia Nacional de Panamá en 1952, obteniendo rápidos ascensos: a Teniente en 1955 y a Capitán el año siguiente. En la Escuela de las Américas (ubicada en la desaparecido zona del Canal) fue capacitado en contrainsurgencia. 




                                          


Cuenta Waldo Chávez Velasco en el libro "Lo que no conté sobre los presidentes militares" que en la primera reunión que tuvo el presidente electo Arturo Armando Molina con Omar Torrijos, éste no solo no fue a recibir a su homologo al aeropuerto, sino que hizo llegar a aquel en un avión viejo a su cuartel en una selva. Molina que ingresó a la    Escuela Militar en 1946 fue cadete en la misma época que Torrijos, por lo que cuanto lo vio le dijo en voz alta: "No olvide que usted ha sido mi recluta en la Escuela Militar de El Salvador".

                                       



Narra Chávez Velasco que Torrijos, previo a ese encuentro de presidentes, estaba molesto con los salvadoreños, porque se encontraba en el país, procedente de México, cuando se dio una intentona de golpe de Estado en su contra, que según fuentes periodísticas tuvo lugar el 16 de diciembre de 1969 “Día de la Lealtad”, y pese a que el militar panameño estudio en El Salvador, no recibió armas, tropa del Ejército, ni equipo de sus colegas de armas salvadoreños, el entonces presidente, Fidel Sánchez Hernández ni siquiera lo saludó ni lo autorizó a salir del Aeropuerto de Ilopango. 





No obstante el percance anterior, esa relación de Cabo y Recluta en los años de cadete, se tradujo en cercanía y apoyo cuando ambos fueron gobernantes. El Diario de Hoy del 2 de agosto de 1976 dio a conocer que el presidente Molina fue invitado por el general Torrijos para inaugurar varias obras en la población de Gualaca a 400 kilómetros al oeste de la capital panameña. En la tarde del uno de agosto sostuvieron conversaciones sobre varios tópicos, entre ellos el apoyo que Panamá recibía de El Salvador en la exploración de pozos geotérmicos.  


La edición de La Prensa Gráfica del lunes 15 de noviembre de 1976, bajo el encabezado "Gral. Torrijos prevé fin a crisis del Canal", publicó que Omar Torrijos Herrera, manifestó a la llegada del Aeropuerto de la Fuerza Aérea salvadoreña, que se sentía satisfecho por el apoyo brindado por los colegas presidentes centroamericanos al reclamo internacional que hacía Panamá a Estados Unidos, concerniente a la independencia del Canal. A su llegada fue recibido por el presidente Arturo Armando Molina,  funcionarios de su gobierno y la embajadora panameña, Elizabeth Risco.  
                                                      








En la edición impresa del periódico El País de España del 11 de abril de 1980 apareció una declaración de Omar Torrijos en la que hace alusión al conflicto en nuestro país: “En El Salvador no gana nadie, y tendrá que haber miles de muertos todavía para que el Ejército y la izquierda se den cuenta. La guerrilla ‒en contra de lo que opinan los gringos‒ tiene que entenderse directamente con los militares, pero no a través de la Democracia Cristiana. (Adolfo Arnoldo) Majano y los de la Junta (Revolucionaria de Gobierno) son bien intencionados. El objetivo de su operación, amparada por Washington, es hacer ciertas reformas, que, objetivamente, perjudican a la oligarquía, pero, a la vez, aplastando a la izquierda en el proceso”.



El 12 de noviembre de 2005, el entonces alcalde de San Salvador, Carlos Rivas Zamora, inauguró la plaza República de Panamá, en la avenida La Revolución, frente al Museo de Antropología David J. Guzmán. En el centro de la plaza, se develó un busto en honor del general Omar Torrijos, quien perdió la vida en un accidente aéreo el 31 de julio de ese 1981. En la época de la develación del busto, Martín Torrijos Espino, su hijo, era el presidente de Panamá.

                                                                 

     





lunes, 2 de noviembre de 2020

EL VERDADERO ROSTRO DEL ÉXITO

Por Joaquín Rivera Larios

                             


La sociedad de consumo no has enseñado que lo que importa es tener, es detentar cosas materiales, nutrir el ego o la vanidad, lucir una apariencia envidiable, vestir atuendos finos y caros, que es más importante atesorar bienes para beneficio personal que servir a otros, que procurar hacer acciones que mejoren aunque sea un ápice la calidad de vida de nuestros semejantes. Y en este orden desquiciado opera una perniciosa subversión: los valores aparentes son más importantes que los reales.

                                    


En este mundo inalámbrico, el éxito se ha vuelto una carrera frenética para alcanzar metas, de cara a satisfacer sentimientos de avaricia, ostentación, egoísmo, mezquindad, individualismo, sin importar a cuantos atropellamos en el camino.

Dos tonadas añejas nos dan perspectivas diferentes de lo que significa ser ganador.  La primera es “Éxito” de Luisito Rey (1945-1992), el padre de Luis Miguel  y la segunda “Mi éxito” de Mario Pintor. Rey dibuja el triunfo como un camino tortuoso que sigue el artista, lleno de sufrimiento, hambre, dolor, noches amargas,  humillaciones, hasta lograr la cima, es decir una alta posición. Pintor bosqueja  que el logro radica en pensar en Dios, tener fe,  perdonar en vez de odiar, recibir las gracias del amigo al que ayudamos, levantarnos luego de cada caída, aceptarnos como somos.    



Ciertamente, esta senda digna de Quijote,  con frecuencia conlleva una pasantía por el desierto o por el infierno terrenal, y no es extraño sufrir una lluvia de críticas o improperios sobre la marcha.  La mediocridad nos hace pasar inadvertidos, pero el éxito  enciende la envidia y el odio. Ya lo dijo el gran pintor Salvador Dalí (1904-1989):  "El termómetro del éxito no es más que la envidia de los descontentos”.

El verdadero logro es dar lo mejor de si al mundo, aunque no seamos correspondidos, construir, aunque otros puedan destruir lo que edifiquemos, tender la mano, apostar por el bien y la verdad, aunque seamos vilipendiados. Cumplir metas de superación, pero con la idea de socializar tus talentos para que lleven auxilio, consuelo, contentamiento a quienes se encuentran ávidos de luz, de esperanza, de rumbo, de soportes.



Ser un campeón en la vida, tiene un costo: grandes sacrificios, grandes caídas, grandes fracasos. Despertarte temprano, cansarte hasta que ya no puedas más, dar más de lo que te piden, prepararte, te llevará más temprano que tarde a cumplir todas tus metas. Nadie mejor que Silvester Stallone para enseñarnos una filosofía del éxito, asociada a la capacidad de asimilar golpes sin dejar de avanzar. Stallone personifico a Rocky Balboa, el campeón mundial de pesos pesados, en 7 ocasiones, cinco como boxeador y dos como entrenador, escenificando guiones salpicados de tintes autobiográficos.



En sus films se desparraman frases empapadas de sabiduría, entre ellas: "Ni tú ni nadie golpeará tan fuerte como la vida. Pero no importa lo fuerte que puedas golpear, importa lo fuerte que pueda golpearte y seguir avanzando, lo mucho que puedas resistir y seguir adelante. Eso es lo que hacen los ganadores. Debes ser capaz de recibir los golpes y no apuntar con el dedo y decir que eres lo que eres por culpa de ese o el otro. Eso lo hacen los cobardes. Y tú no eres un cobarde. Tú eres mejor que eso".



El éxito suele traer aparejada una burbuja de ilusión, a veces perdemos el piso, si queremos que el triunfo perdure y no sea llamarada de tusa, tenemos que tener los pies en el suelo. Por eso, aunque  hayamos  nacido en cuna de oro, hay que seguir un proceso gradual de formación y preparación continuado para llegar a la cima. Hay que oír las voces y discernir los signos que nos ubican en la realidad. 




En este orden de ideas, recuerdo aquella canción del bellísimo trío mexicano "Pandora" llamada "Hay que empezar desde abajo", cuyo estribillo dice: "Hay que empezar desde abajo/y luchar por ir subiendo para ver de cerca el cielo/ cuando llegas a lo alto/hay que empezar desde abajo." Esta canción nos revela el engaño que rodea al éxito: "Muchas veces yo creí haber llegado/ sin saber que estaba apenas comenzando/los kilómetros andados no son nada comparados,/con el largo camino que hay marcado".




El triunfo es abrir surcos y senderos que otros puedan transitar. Es conquistar el cielo para que su luz se expanda sobre otros. Es abrir puertas, ventanas, derribar muros, destrozar los obstáculos, para oxigenar y allanar el trajinar de otros caminantes. Es apuntalar el desarrollo pero con una visión colectiva.


La vida es un todo indivisible, no es admisible éticamente tener éxito en un área de nuestra vida, a cambio de fracasar en otra. Luis Miguel sostiene en una entrevista con Carmen Elena Salinas (para el programa "Aquí y Ahora" de  Univisión en 2008), que él se pregunta si ha valido la pena su  éxito, porque ello trajo consigo la pérdida de su familia, como ocurrió con el cantante mexicano, quien perdió a su madre en 1986 y a su padre en 1992.


 

Para evitar que el cumplimiento de las extenuantes exigencias del triunfo profesional  malogren la vida privada, se requiere llevar un equilibrio o  balance entre el trabajo o la carrera  y  la atención de  las otras áreas: familia, amigos, pasatiempos, actividades de crecimiento espiritual.      



Unas cuantas onzas de altanería, soberbia o vanidad malogran un quintal de mérito. El triunfo es consustancial a la humildad y a la mansedumbre. Juan Manuel Fangio, el campeón argentino de Fórmula 1, solía decir: “Hay que tratar de ser el mejor, pero nunca creerse el mejor”. El éxito exige no vanagloriarse de nuestras virtudes y permitir que otros las descubran.  Cada estribo que subamos en la escalera del triunfo, paralelamente lo debemos subir en humildad y sencillez, cualidades que nos abrirán todas las puertas.  

Al final nuestro legado no estará constituido, por los títulos académicos, por la fortuna que hemos acumulado, nuestro legado serán aquellos actos benéficos que paliaron necesidades, aquellas iniciativas que emprendimos para expandir el bien común, para multiplicar dones, para hacer brillar la estrella que habita en cada ser. Ya lo dijo Michelle Obama: “El éxito no es cuanto dinero hagas, si no la diferencia que haces en la vida de las personas”.



domingo, 1 de noviembre de 2020

EL DESPERTAR ESPIRITUAL DE AA


Por Joaquín Rivera Larios
                                               



El hecho que no haya sucumbido ante los nocivos y alucinantes efectos del alcohol, no significa que no deba de luchar con la ayuda de un poder superior y de la terapia grupal, para superar adicciones o defectos de carácter que vuelven la vida caótica, ingobernable. 

Tan solo he sido un visitante eventual, pero mi breve paso por Alcohólicos Anónimos (AA) me ha bastado para  interiorizar que estamos en un callejón con una sola salida: o contrarrestamos las debilidades devastadoras o pereceremos por la vía de la autodestrucción.

                                        


AA es plan de recuperación frente a la adicción al alcohol u otra codependencia autodestructiva que incluye en sus doce pasos la sumisión ante un poder espiritual superior, el reconocimiento del alcoholismo como un problema que no tiene final, la reparación de los daños causados a las personas afectadas por la adicción y un despertar espiritual a través de la oración o la meditación.
                                             
   
La terapia grupal de AA es útil para superar adicciones,  pensamientos, emociones o hábitos que nos esclavizan, atormentan, autodestruyen  y que nos impide acceder a una vida plena, sosegada, confortable (lujuria, pornografía, gula, ego, ira, miedo, soberbia, avaricia, pereza).  



El cruce de ideas, el debate, el hecho de escuchar moralejas, anécdotas, testimonios de lucha contra los vicios de carácter, sin duda ayuda a superar varias lastres y a construir un sentido de vida progresista. Me gustó aquel lema que "el más tonto de los AA caza un venado".
                                             

 
    
Aunque probablemente persistan expresiones de dogmatismo o fanatismo en los grupos, la terapia grupal interactiva y dialéctica, propicia la colisión de argumentos y posturas, lo que nos permite aproximarnos a la verdad por la vía de conclusiones que derivan de contrastar ideas antagónicas. 
                                        
Pero la idea, el argumento, se quedan suspendidos en el aire, si no practicamos lo que predicamos. Debemos encarnar el cambio que esperamos ver en nuestro entorno. Mahatma Gandhi (1869-1948), el líder indú  decía: “Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo”. Debe existir una progresión en nuestro caminar, a fin de lograr la vida plena que todos merecemos.
                                        

   
                            

AA busca a partir de la terapia grupal, más que liberar de una adicción, la sanidad moral del discípulo, que debe aprender a desprenderse o a manejar los factores que lo han desquiciado, porque como decía Hipócrates (460 a.C-370 a.C), el padre de la Medicina: “Antes de curar a alguien debes preguntarle, si está dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaron”.







Parece un contrasentido, algo ilógico, hasta ridículo, pero suele ocurrir en AA que la terapia de choque, marcada por las ofensas, las humillaciones en público, con frecuencia son útiles para ayudar a encauzar almas que no logran dejar los malos hábitos que estaban asociados con el vicio de beber. En muchas ocasiones se deja de consumir alcohol, pero el paciente no logra disipar el desorden emocional y mental que ese flagelo agudiza. 

La figura de un poder superior, al que se denomina Dios, está presente en seis de los doce pasos, dado que es una sociedad o fraternidad que aglutina gente de diferentes credos, incluyendo agnósticos y ateos, a ese poder se le conceptualiza de diferentes maneras, algunos aluden a una fuerza interior, otros al poder de la fraternidad de AA, y desde luego quienes, probablemente la mayoría en nuestro medio, visualizan a la divinidad a la luz de la Biblia y la fe cristiana.  

                                        
      
                                    
Es obvio que el hecho de luchar contra los defectos, que va aparejado con el análisis de los daños psicológicos, económicos, físicos que nuestros desvaríos causan en nuestro circulo de influencia (familiares, compañeros, vecinos, amigos), potencia a cualquier persona, le da un discernimiento especial, un sentido de critica y autocrítica de su conducta y de las relaciones humanas, que le permite conducirse con mejores luces. 
                                  

 
                                        
No solo hay que pelear con adicciones que nos desquician sino también con emociones negativas (la amargura, el rencor, la envidia, la neurosis, la lascivia, los desórdenes de toda índole), y en esto también AA es una gran escuela, porque los defectos se vuelven una herramienta pedagógica.



                                                    

Si bien nos ilustramos con charlas magistrales compartidas por excelentes ponentes, con fama nacional y a veces internacional, AA por el anonimato que debe caracterizarlos, no debe ser una fiesta de egos, en el que los miembros amasen fama o fortuna por su pertenencia a la organización. El anonimato también busca proteger la integridad moral de las personas en recuperación.



En cualquier proceso de superación espiritual se  avanza como en el desierto, nunca se sabe a ciencia cierta en qué nivel de la escalera de la superación se está. A veces pareciera que estamos en un fango, que cuanto más aceleramos. más nos hundimos. En la senda espiritual siempre afloran dudas sobre el nivel de avance. Nunca se debe cantar victoria, porque siempre es posible retroceder o caer en un estado de postración. Y como en el desierto, cuando creemos haber encontrado un oasis, nos damos cuenta que es un espejismo.


                                                                                  

De los pasos que más he meditado en AA, es justamente el  
inventario de los daños y su ulterior reparación, que constituyen los pasos cuatro y diez. Hay que evaluar los daños que por acción u omisión provocamos a terceros con el orgullo, el falso testimonio, la calumnia, la desobediencia, la avaricia, la mentira, la falta de honradez, la lascivia, la gula, la pereza, conductas que laceran al que las cultiva, pero que causan perjuicios reales o potenciales a otras personas que eventualmente son víctimas inocentes de nuestros desatinos.

No falta alguien que nos diga; “Tú has estado tal cantidad de años en la fraternidad y no has superado ni el primer paso”. Pero solo el hecho de estar en una sesión de AA, significa que el sujeto reconoce su derrota, que tiene que pelear contra sus instintos, que sus propias fuerzas son insuficientes para salir del atasco y que solo la infinita misericordia de un poder superior puede redimirlo.



AA ha cumplido 68 años de operar en El Salvador. Fue en 1955, cuando el estadounidense Edward Thimothy Fitzgerald (1904-1963), conocido afectuosamente como Mr. Eddie, junto a su esposa salvadoreña Berta Dreyfuss y una hija de cuatro años arribaron a El Salvador procedentes de San Francisco California, con el programa de rehabilitación de AA en busca de rescatar vidas y con ello contribuir a la sociedad más sana física y mentalmente.


jueves, 29 de octubre de 2020

LA PROXIMIDAD DE LA MUERTE NOS CONMINA A TRASCENDER

Por Joaquín Rivera Larios   
                                               


Sobre la connotación pasajera de la existencia, la escritora chilena Isabel Allende sentenció: "La vida es un ruido entre dos grandes silencios abismales. Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte" y en similar sentido, el escritor ruso Vladimir Nabokov acotó: “Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad”.

Si bien el tiempo y su paso implacable suele aplastar los sueños, los escollos, a veces heredados, suelen romper en pedazos los planes, aun así trata de dejar huella con buenas acciones, trata de ser un ruido o un cortocircuito benéfico, porque al final de esta fugaz estancia, solo seremos un recuerdo. 


No hay que dilatar los resentimientos, debemos cultivar un corazón amoroso y no extraviarnos en la búsqueda de tesoros inútiles. La altivez, la arrogancia, la vanidad son vanas, si tomamos en cuenta la frágil condición humana, que todos los seres mortales tenemos un plazo de caducidad. Hoy estamos en escena y mañana como fantasmas desaparecemos del escenario. La vida es polvo que puede esparcirse y difuminarse en un instante. Somos hojas caídas de un árbol en otoño que arrastra el viento y desaparecen.
                                                

El papa Francisco dijo: “Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre”. Al marcharnos nos vamos tal como venimos, despojados de bienes y accesorios. Alguien dijo que la acechanza de la muerte define la grandeza del ser humano, porque sabemos que tenemos un plazo corto para trascender. Tiempo y vida son conceptualmente lo mismo.

Se agota la vida, expira la parcela de tiempo asignado a cada persona para dejar un legado valioso. El tiempo es la variable que nos separa de la muerte, no hay que malgastarlo viviendo la vida de alguien más y el recurso que debemos optimizar para trabajar el ser, no solo el hecho de acumular bienes materiales.



La vida es fugaz, no hay que dilapidarla alimentando pensamientos y acciones perniciosas. Hay que vivir con intensidad minuto a minuto, persiguiendo nobles ideales. Malgastar el tiempo, es estropear el futuro. No se puede elegir como morir, pero si como vivir. En este mundo vertiginoso, hay que defender la alegría y la diversión como trincheras. 
                                             
   
    

La gran tragedia en la existencia no es extinguirse, es perecer en vida, es dejar que se evaporen los sueños, la fe, el amor, es sucumbir ante la desidia, el desánimo, perdernos en el ocio vil. Hay quienes mueren en vida, porque deciden apagar su sol interior, eligen morir por dentro.

                                    

Hay quienes no le temen a la muerte, porque consideran que han estado muertos millones de años antes de nacer. Cada día nos da un crédito de veinticuatro horas, que hay que saberlo invertir para hacer de la existencia una empresa fructífera y benéfica.



El tiempo nos somete a un proceso de cambio vertiginoso y extenuante, con el devenir de los años solo queda la esencia del ser. Quizá la clave sea vencer a la muerte, procurando trascender dejando un recuerdo inolvidable. El olvido que cae sobre los seres extintos es la muerte definitiva.
 


No siempre se cumple que una vida bien usada causa una dulce muerte, hay quienes por sus dotes excepcionales son insustituibles, porque dejan una impronta imborrable. Cuando recuerdo a la cantante Jenni Rivera, inmediatamente rebota en mi memoria su tema “Inolvidable”: “Inolvidable así me dicen mis ex amores/ Afortunada y sin que te ofendas/Tengo cariños que si son mejores/Inolvidable así me dicen y no son flores/ Correspondida y aunque te duela/Estoy viviendo en muchos corazones”.




No había nacido cuando se suicidaron las actrices Miroslava Stern, Marilyn Monroe, Lupe Vélez o Pina Pellicer, pero vivieron lo suficiente para inmortalizarse, dejando impreso en el celuloide sus rostros angelicales, sus talentos escénicos y muchos años después de su extinción física continúan enamorando con sus personalidades magnéticas a los amantes del séptimo arte.


Me llaman mucho la atención aquellas bellezas que se consumen en la flor de la edad, beldades sobre las que han pesado sueños colectivos de elevar el nombre de su país en los oropeles del mundo. A principios del 2014, justo la noche del 6 de enero, Latinoamérica fue estremecida con el homicidio de Mónica Spear, actriz y ex Miss Venezuela 2004. Me llama la atención también  el final trágico de  dos Misses centroamericanas que curiosamente coincidieron por el concurso Miss Mundo 2014 que tiene lugar cada año en Londres, Inglaterra.   

                                                 
       

Ciertamente, los titulares de la prensa internacional destacaron el cruel homicidio de María José Alvarado, Miss Honduras 2014 que fue asesinada a la edad de 19 años, junto a su hermana, el 13 de noviembre de ese año, un par de semanas antes de la realización del magno evento. Y la defunción de Yumara López, Miss Nicaragua, que sí recorrió las pasarelas londinenses, pero falleció el 20 de junio de 2016, a la edad de 22 años, víctima de un cáncer cerebral. 



Hay que hacer una bella obra de arte de todas las desgracias, las vergüenzas, las humillaciones, fracasos, porque la vida es un cuadro lleno de colores y matices. Como reza aquel pensamiento anónimo: “Cuando naciste todos reían y tú llorabas. Vive de tal forma que cuando te mueras, todos lloren y tú te rías”.