
El Libro Sagrado te mantendrá alejado del pecado, quitará tus cargas, guiará tus pasos, te traerá gozo, te guiará a la sabiduría, te dará paz, te traerá de vuelta a Dios. Es un idioma de seguridad, de servicio, de constancia, de prosperidad. El Salmo 1: 3 nos enseña: "El buen cristiano es como el árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae y todo lo que hace prosperará".
En una vida social distorsionada, en la que los valores están de cabeza, el mal se ha expandido y diversificado, prácticamente está en la palma de la mano, no es fácil sobrellevar una existencia rectilínea, alejada de las asechanzas y de propósitos perversos. Con frecuencia la maldad es una corriente seguida por la mayoría, cuesta tener fuerza de voluntad para elegir otra senda.
La vida cristiana no es camino ancho, fácil de recorrer, las piedras de tropiezo están a la orden del día. Vivimos en un mundo donde la honestidad es sinónimo de torpeza. Pero el que con valentía vence la tentación, logra llegar a la tierra prometida, un espacio de solaz y descanso para nuestro corazón. Lo tortuoso de la senda espiritual, lo menciona el cantante y músico dominicano Juan Luis Guerra: “No es fácil ser cristiano, la verdad es muy difícil, pero es mucho más difícil la vida sin Dios".
Un punto neurálgico del cristianismo es la imperiosa necesidad de nacer de nuevo en el plano espiritual, de dar un viraje de 180 grados en nuestra existencia, lo que trae implícito hacer añicos al hombre viejo, rompiendo las ataduras con el pecado que arrastramos y que nos impiden una vida plena, pura, en constante crecimiento, caracterizada por un carácter alineado a la voluntad del Supremo Hacedor, mediante la obediencia a sus mandamientos.
Este es un cambio radical, profundo, que nos lleva a renovar nuestros pensamientos y comportamientos, logrando que las aspiraciones espirituales del creyente venzan los deseos de la carne (lujuria, mentira, lascivia, fornicación, ira, envidia, avaricia, rencor, adulterio, hechicería, celos, contiendas, orgullo, idolatría, etc.) Esto supone superar ese prurito o manía de querer llenar los vacíos a través de placeres mundanos y esa obsesión compulsiva de vivir a nuestro modo, reacios a someternos a un proceso de autodisciplina y búsqueda genuina de la voluntad de Dios.















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