El primer acto relevante
mediáticamente del gobierno del presidente Nayib Armando Bukele, fue ordenar a
la Fuerza Armada que se le suprima el nombre del teniente coronel Domingo Monterrosa
Barrios a la Tercera Brigada de Infantería, oficial culpado como el responsable
de la Masacre de El Mozote. Y de inmediato se escuchan voces atacando al FMLN,
porque en diez años no lo hizo.
Es curioso, pero la bella ex
Miss El Salvador, expresentadora de TV y entonces diputada de ARENA, Milena Mayorga, que
se ha mostrado en los medios afín a Nayib Bukele fue atacada en las redes por
rendir tributo a la memoria de Monterrosa en agosto de 2018: “Existen personas
que nunca mueren, pues se convierten en mitos y leyendas. Hoy se celebra el
natalicio del Coronel Domingo Monterrosa”, escribió la diputada tricolor en su
cuenta de Twitter. La frase fue acompañada con una imagen del militar quien
comandó el Batallón Atlacatl.
El 7 de mayo de 2017, con motivo
del Día del Soldado, cuando la elegante expresentadora aun no era diputada,
divulgó: “recordando a un héroe que dio su vida por la Patria. Coronel Domingo
Monterrosa siempre al frente de la batalla”, publicación que desató varias
reacciones. Para muestra un botón, esto demuestra que el coronel Monterrosa
tiene seguidores en la sociedad civil.
Aunque la gran mayoría de
oficiales de alta ingresaron a la Fuerza Armada después de los Acuerdos de Paz,
aún existen muchos coroneles y clases que sí participaron en el último lustro
de la guerra. Y muchos oficiales retirados dan clases en distintas escuelas de
la institución armada. Es decir que la gran mayoría de militares en servicio activo se formaron en la
posguerra, pero tienen en su conciencia visiones y percepciones que
vienen de la guerra por influencia de sus superiores, la vox populi, por ser
descendientes de oficiales y clases, entre otras razones.
Tengo la impresión que en el
quinquenio de gobierno de Salvador Sánchez Cerén, fue una ofensa para algunos jóvenes
cadetes recibir el sable de subteniente de un comandante que perteneció a un
bando que fue enemigo de la institución castrense. De esta perspectiva fue
inteligente y prudente que los gobiernos del FMLN no suprimieran el nombre del
coronel Monterrosa de la guarnición militar, porque de hacerlo hubiesen avivado
rencillas.
Cuando he hablado con oficiales
sobre sus héroes modernos, regularmente me citan tres: el general Maximiliano
Hernández Martínez, el coronel Oscar Osorio y Domingo Monterrosa Barrios. Este
último es el héroe por excelencia de la guerra civil. Muchos no saben, pero la
última vez que el gran responsable de la masacre de 1932, el general Martínez
visitó el país en julio de 1955, recibió homenajes del gobierno de Oscar
Osorio, incluso éste fue a despedirlo al Aeropuerto de Ilopango cuando se
marchó.
Al respecto comparto la opinión
de muchos salvadoreños, que los monumentos dedicados a líderes guerrilleros,
militares, deberían ser dedicados a filántropos, deportistas, escritores,
músicos (me gustaría ver una estatua de Chirajito, Alvaro Torres, Mágico
González, Aniceto Porsisoca), siento que un líder militar o guerrillero, fogueado al calor
del combate, por bueno que haya sido, es culpable de muchos crímenes. Son
figuras que polarizan, dividen e impiden la reconciliación de la sociedad.
Pero cómo reprogramar la mente
de mucha gente que idolatra a Shafick Handal (1930-2006), a Roberto d’Aubuisson (1944-1992), a Domingo
Monterrosa Barrios (1940-1984), hasta a Salvador Cayetano Carpio (1918-1983) y Mélida Anaya Montes (1929-1983).
Aunque se promulgue un decreto de ley que prohíba rendirles homenaje, mucha
gente les va a seguir guardando reverencia. Es un tema de psicología social que
no se puede resolver de un plumazo.
Quizá no sea casual que Domingo
Monterrosa, Sigifrido Ochoa Pérez (a quien se le vincula en la masacre de Santa
Cruz, Sensuntepeque, Cabañas, ocurrida en noviembre de 1981) y Roberto d'Aubuisson hayan egresado en la XXXIII promoción de la Escuela Militar
Gerardo Barrios el 12 de noviembre de 1963.
Cuando laboré en la Fiscalía
General de la República, había un compañero de apellido Magaña, que le decían "el Menor", porque cuando murió el mayor d’Aubuisson, lloraba amargamente. Su
pena fue objeto de comentarios jocosos. Cuando conversé con él al respecto, me
dijo: “Estos c...no saben la magnitud del hombre que ha muerto, fue el hombre
que salvó al país, el que sacó a los ricos que estaban temblando debajo de la
cama... el que hizo que los ricos volvieran a creer en El Salvador...el que
salvaguardó el sistema de libertades, frente a la agresión comunista...”
En 2004 apareció publicada en
serie la investigación “Mayor Roberto d’Aubuisson. El rostro más allá del mito”
(La Prensa Gráfica), bajo la autoría de Giovani Galeas, ex militante del
Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), a quien se acusó de quererle limpiar
la cara al fundador de ARENA, pretendiendo distorsionar la historia y convertir
a un héroe de la derecha en un héroe mítico nacional, a partir de opiniones
recolectadas con aviesas intenciones. Y con ello se pasaba por alto o se ponía
en tela de duda que su anticomunismo lo llevó a abrazar prácticas indignas que
legitimaban el dolor e inclusive la muerte de otros seres humanos.
Y en esa línea de reprobación a
la referida figura histórica, el Faro.net publicó opiniones inéditas del padre
Ignacio Ellacuría (1930-1989), que forman parte de recientes hallazgos, en los que
calificaba al Mayor de ser un “Hitler de bolsillo”. En los escritos
descubiertos se encontró un calificativo aun más contundente: “El menor
D’Aubuisson es un psicópata. Y como psicópata amenazó ayer derramar la sangre
ajena para salvar al país”.
Aunque el informe de la Comisión de la Verdad señala al Mayor Roberto d’Aubuisson, como autor intelectual de la muerte de Monseñor Oscar A. Romero, un artículo publicado en El Diario de Hoy del 24 de noviembre de 1999, señalo que toda la inteligencia de la Embajada Americana, sumada a la poderosa maquinaria policial, judicial y militar del gobierno de Napoleón Duarte, no pudo jamás producir documentos, testigos o evidencia alguna que sustanciaran las acusaciones que se le formulaban.
Por otro lado, cabe traer a
cuenta al teniente coronel Domingo Monterrosa Barrios, Comandante del temible Batallón
Atlacalt, un personaje que simultáneamente presenta un lado luminoso de líder
icónico, guerrero aguerrido, benefactor, padre espiritual para sus subalternos
y un lado tenebrosamente oscuro por haber estado involucrado en la peor masacre
de la guerra civil salvadoreña (la masacre del Mozote), que dejó una terrible
estela de 950 personas muertas. De éstas 511 eran del sexo masculino y 430 del
sexo femenino. Un total de 257 víctimas eran niños (134 niños y 123 niñas).
En la red encontré un artículo
titulado “Liderazgo Militar: Lecciones del TCnel. Domingo Monterrosa Barrios” y
me parece apropiado citar algunos atributos que se trazan sobre su conducción:
trabajaba el aspecto espiritual de sus subordinados, potenciaba la capacidad
técnica, elevaba la moral combativa, mediante diversos estímulos (fiestas,
celebraciones), celebraba las victorias en espíritu de camaradería. Daba el
ejemplo. Pasaba la mayor parte del tiempo al lado de sus unidades durante
operaciones militares que usualmente oscilaban entre 15 y 40 días.
Se puntualiza que Domingo
Monterrosa predicó al máximo un principio fundamental al momento de comandar
unidades militares: promovía la presencia de guías espirituales para todas
aquellas actividades desarrolladas en las instalaciones militares (misas,
bautizos, bodas). Dedicaba el tiempo necesario para explicar a sus subordinados
la causa de la lucha. Su guía siempre fue la misión de la Fuerza Armada,
sustraída de la Constitución de la República de El Salvador.
Reseña la nota que se preocupaba
por la salud y las necesidades de sus subalternos. Lo que a éstos les impactó
fueron las constantes visitas que él hiciera a los heridos en el Hospital
Militar, actividades que eran amenizadas por mariachis y cómicos, quienes
brindaban un momento de alegría y distracción a los heridos en recuperación.
El mayo de 2012 conocí en
Guatemala a un oficial de la Fuerza Naval chilena y me contó que él se puso su
uniforme de gala, para ir a rendirle tributo al general Augusto Pinochet
Ugarte, cuando murió, pese a que la presidenta Michel Bachelet, había prohíbido
todo homenaje. Me dijo: “No me importaba que me dieran de baja, pero yo no
podía faltar al funeral”. Cuenta este oficial que cuando llegó a Francia le
dijeron: "Necesitamos un Pinochet que salve Francia”.
Me imagino que un cuarenta por ciento de la población chilena, ve a
Pinochet como “el salvador” del país. Lo grave de esto es que se ignoran las
víctimas (muertos, desaparecidos, torturados, encarcelados) de estos regímenes
dictatoriales: el primero que recuerdo es el cantante folklorista, Victor Jara.
Idolatrar a un caudillo de este tipo, es una afrenta a las víctimas, aunque
hayan llevado a su patria progreso económico, social, tecnológico.
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