viernes, 15 de noviembre de 2019

EL SALTO CUALITATIVO AL COLEGIO BAUTISTA

Por Joaquín Rivera Larios



Venía de estudiar cuatro años en el Instituto Cultural Miguel de Cervantes (1981-1984), un popular, concurrido y ahora extinto colegio del centro de San Salvador, que era cuestionado por priorizar el deporte de las canastas sobre las exigencias académicas y por problemas de drogadicción que afectaban a algunos estudiantes, que no era raro verlos callejeando o jugando con las maquinitas en horas de clase.

No era mixto y la sección masculina y femenina operaba en edificios separados. Esta férrea separación alentaba el morbo, la rudeza, las inhibiciones y no era extraño que los varones se propasaran en su relación con las señoritas, en eventos deportivos, fiestas y presentaciones de candidatas a reina. Al mediodía algunos grupos de estudiantes se aglutinaban frente a la sección femenina para ver salir a las señoritas.  Los tabúes impuestos por las mismas autoridades del colegio a veces generaban reacciones airadas.

Sin embargo, el pecho se inflamaba de orgullo cuando lucíamos las chumpas tricolores (azul, rojo y blanco) con el rostro de un oso furioso impreso en la espalda o veíamos a nuestro equipo de BKB dar feroz pelea al Liceo Salvadoreño o al Don Bosco,  al Santa Cecilia, con el gimnasio nacional abarrotado, gran cobertura mediática de la Televisión Nacional Educativa (Canales 8 y 10) y barras eufóricas que entonaban canticos a todo pulmón, en medio del sonido estridente de pitos, bombos y platillos.

Las diferencias socio económicas entre los cervantinos con los alumnos de colegios más pudientes y prestigiosos (Don Bosco, Liceo Salvadoreño, Santa Cecilia, San Francisco), no solo se reflejaban en el rendimiento de los equipos en la duela del Gimnasio Nacional, si no también en los graderíos, donde las disparidades no dejaban de propiciar cierta frustración en los estudiantes más desfavorecidos y a veces brotes de violencia. A quien les ganábamos  regularmente era al quinteto del INFRAMEN.  


El sueño que venía abrazando desde hacía varios años era enrolarme en el Colegio Bautista, un plantel fundado en 1923 en el Barrio San Jacinto de San Salvador, menos fanfarria deportiva, tenue afición por el deporte de las canastas, pero mayor tradición académica, valores cristianos, chicas bellas, inteligentes y muy estudiosas.

El día del examen de admisión en octubre de 1984 vi desfilar un derroche de belleza adolescente por los pasillos, inusual para mi, que compensó con creces el estrepitoso fiasco que representó el examen de matemáticas, confeccionado por el profesor José Angel Marcía, con ejercicios exóticos que meses más tarde serían el equivalente a una película de terror.

La dinámica y el estilo de las relaciones interpersonales había dado un giro alucinante de 180 grados: pasar del trato hosco, árido y rudo de los varones, al trato acaramelado y afable de agraciadas compañeras, que hacían alarde de delicada feminidad.

Lo que me impresionó era la absoluta convicción con que muchas compañeras hablaban de las profesiones que estudiarían, la obstinación con la que repasaban las clases, la fraternidad que se había forjado en alumnos que venían de departir desde párvulos. Algunas señoritas proyectaban un aire de distinción, otras un dejo de altivez.


Recordar a los grupos de compañeras que se sentaban en las gradas que daban a la cancha de BKB, o en los arriates al pie de frondosos árboles, es también rememorar una fase en la que sueñas con ser mago para encantar el alma femenina, en la que comienzas a ensayar lisonjas, al tiempo recibes primorosas tarjetas de felicitación el día tu cumpleaños con delicadas frases.

Era una época, en que las expectativas se elevan hasta las nubes y no era extraño quedar prendado con aquellos guiños en el cruce de miradas con alguna bella condiscípula. Son momentos fugaces que se tornaron en imágenes imborrables.

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