El dolor es una sensación inevitable, buscando felicidad tropezamos con el sufrimiento. Lo peor es que nos condiciona negativamente a no atrevernos a tomar una decisión, a no asumir riesgos, a no decir un sí frente a una propuesta, por esquivar el dolor. Pero ocurre que el dolor y la dicha son eslabones de la misma cadena. Sin haber experimentado el escarnio del dolor no podemos saborear el manjar de la dicha.
El dolor nos hace valorar la dicha y el placer, tiene un valor purificador y aleccionador enorme. El valor de una persona se puede medir por la forma en que ha enfrentado los infortunios, dolores y pesares. Nuestros detractores con sus criticas hirientes deben ayudarnos a ser mejores, los dardos de odio que nos arrojan deben hacer surgir los tesoros que tenemos ocultos.
El dolor nos hace valorar la dicha y el placer, tiene un valor purificador y aleccionador enorme. El valor de una persona se puede medir por la forma en que ha enfrentado los infortunios, dolores y pesares. Nuestros detractores con sus criticas hirientes deben ayudarnos a ser mejores, los dardos de odio que nos arrojan deben hacer surgir los tesoros que tenemos ocultos.
Para llegar a la tierra prometida, tenemos que cruzar un árido desierto, donde no hay ríos ni manantiales. Hay que arroparnos con una armadura interior e ir hacia el frente como guerreros, para salir del lago profundo de dolor y angustia. Esa travesía nos dará madurez, fortaleza, autoconfianza, músculo espiritual. Debemos descubrir el propósito en esta vida, ello nos va a permitir encontrar el "cómo" salir del escollo.
Disponemos de tiempo y espacio limitados para materializar nuestra existencia, y el dolor será un compañero perenne, tenemos que aprender a lidiar con él sin desfallecer. Hay que administrar bien nuestros talentos y no olvidar que todos los instantes tienen un sentido de eternidad. Recuerdo aquella frase típica de un líder: “Pensé rendirme, pero luego noté que alguien seguía mis pasos”.
El éxito lo consigue el que sabe resistir la adversidad, soportar las caídas, no es solo un resultado, conlleva un proceso, marcado por el esfuerzo, privaciones, sinsabores, disciplina, perseverancia, inteligencia. Nos enamoramos de los resultados, pero no del proceso del que emanan. Los errores y tropiezos del pasado debidamente analizados, te aportan sabiduría en el presente.
Hay que romper el determinismo que nos hace pensar que no podemos trocar el sufrimiento en momentos prolongados de solaz y de deleite que dejen huellas imperecederas. Todo lo que ocurre en el mundo material, primero ocurre en el mundo espiritual. La ilusión es el hilo conductor que hábilmente direccionado puede guiarnos a transformar la realidad. Si la ilusión no es efímera y volátil, y va impregnada de fuerza, voluntad y brújula nos puede guiar a la cima de la autorrealización.
La ilusión es el mejor antídoto para contrarrestar esta pesadilla llamada realidad que nos estrangula, ya que nos hace vislumbrar un horizonte en medio de la penumbra, una luz al final del túnel, que nos anuncia que luego de un tortuoso pasado de desamor, podemos construir el amor, extrayendo y procesando la moraleja de cada experiencia tormentosa.
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