Por Joaquín Rivera Larios
Hay una reflexión de Kevin Arnold en la entrañable serie televisiva "Los años maravillosos" que me acompaña continuamente en mis cavilaciones y es justamente la que cierra el último episodio: "Crecer sucede en un latido: un día estás en pañales y al día siguiente te vas, pero los recuerdos de la niñez permanecen contigo todo el camino. Recuerdo un lugar, un suburbio, una casa como muchas casas, un patio como muchos otros patios, una calle como muchas otras calles, pero lo curioso es que después de todos estos años, aun lo recuerdo maravillado".
Aprendemos a
esconder los ímpetus infantiles, aquellos gustos o manías que dominaban nuestro
tiempo los primeros años, pero llevamos la niñez con nosotros. Frecuentemente
viajamos a reencontrarnos con esos seres que brillan como luces intermitentes
en nuestra imaginación con quienes
compartimos vivencias memorables, muchos de ellos ya extintos.
Recorrer desde la adultez ese territorio de la infancia puede ser gratificante o desagradable, partiendo de nuestra filosofía de la vida y de nuestra actitud hacia el pasado. Debemos tener una memoria selectiva para exaltar las buenas experiencias y saber desconectarnos del dolor que provocan los infortunios.
La niñez
salvadoreña de los setenta creció entre diversiones, pesadillas y traumas, abrazando las ilusiones típicas de la edad, las piñatas, las fiestas, música,
juegos (piscucha, trompo, capirucho, yoyo), historias fantásticas, pero ensombrecidas por tiempos convulsos, plagados de sangre y
fuego. La alegría inherente a la infancia se mezcló irremediablemente con
eventos traumáticos que cegaron cuantiosas vidas de inocentes.
Siendo niños no
tenemos plena conciencia de la fugacidad de la vida, en esa etapa primigenia
percibir el deceso de un ser querido puede ser especialmente devastador, así
sea una mascota. Por varios años me mortificó la muerte de la una gatita
llamada “Perla”, exponente excepcional de la ternura y la nobleza felinas.
Solo recuerdo que la gatita entró a la casa como un rayo, a caer muerta fulminantemente a un albañal. Quizás las circunstancias extrañas que precedieron su muerte una noche de noviembre de 1978, me laceraron más. Las interrogantes sobre ese abrupto deceso, me acompañan desde niño. Me acuerdo de ella cuando oigo “Progreso” (Quisiera ser civilizado como los animales), aquella canción de Roberto Carlos.
Se nos cae el
pelo, nos da artritis, vienen las canas, se nos arruga la piel y el alma,
tenemos otros juguetes, mas añoramos los que teníamos cuando éramos infantes.
Pero en el fondo de nuestra alma sigue habitando y revoloteando ese niño
inquieto y soñador que jugaba futbol en terrenos polvorientos hasta avanzada la
noche y gritaba los goles a todo pulmón.
Mi infancia fue impactada por la clasificación de El Salvador a dos Mundiales: México 70 y España 82. En el segundo lustro de los setenta y a principios de los ochenta enfoqué mi atención en el futbol salvadoreño y en la Selección, las figuras del balompié que admiraba no eran las rutilantes estrellas del futbol internacional, si no las estrellas locales: Jorge “Mágico” González y Norberto “el Pájaro” Huezo. Pese a los magros resultados en los dos citas mundialistas, mi pecho de niño y adolescente con la ES pintada en la camisa, se inflamó de orgullo por la hazaña de haber clasificado.
Creo que como niño fantasioso superé a mis congéneres hilvanando aspiraciones totalmente descabelladas. Me temo que más de alguna vez dije el siguiente disparate: “ Cuando sea grande una de dos…o seré presidente o actor de Hollywood”, sin tener la más mínima idea del camino que hay que recorrer para llegar a esas cimas del poder y la celebridad, por estar totalmente desligado de esos entornos tan elitistas y carecer de referentes cercanos que me guiaran en esa senda, sin duda tortuosa, convirtiéndome así en el hazmerreir de quienes me escuchaban.
En mi adolescencia quise emular en vano los logros de Agustín Lara y Armando Manzanero, escribiendo canciones sin saber cantar ni tocar ningún instrumento. En mi edad postrera la única vez que he ido a Estados Unidos anduve visitando los lugares que piso Marilyn Monroe en San Francisco y en Los Ángeles. Estando en el Aeropuerto de Houston, me moría de ganas, por ir a Dallas, a conocer el lugar donde asesinaron al presidente John F. Kennedy, pero no tenía dinero. Es decir los sueños infantiles nos acompañan siempre, aunque sean aplastados por los impedimentos que nos impone la realidad.
Me asalta permanentemente el recuerdo de la Calle Concepción, el extinto Colegio Unión 890, el carácter solemne de su directora Margarita Espinal de Rivera Pino (1905-1987), tocando el piano, con las muletas a un lado, la disciplina y la recia personalidad de doña Elia Matilde Benavides (1917-2012), la profesora de sexto grado, los Titanes en el Ring, Kimba, el príncipe Namor, el Hombre Nuclear, el Monstruo Milton, el viejo televisor RCA blanco y negro y sobre todo, de Evelyn, la primera niña de tez blanca y cabello castaño que me embeleso.
Rememoro el
enorme sobresalto que sentía al verla jugando en la acera cuando me aproximaba
a la verja. Y sentir la enorme dicha que sentara junto a mí en la grada que
daba a la puerta de su casa. Su presencia en la vecindad fue fugaz, con el
mismo talante infantil se marchó, pero el niño interior que habita en mí añora
verla para reescribir aquellos años maravillosos.
Las nieves del
tiempo, no han nublado la imagen de Evelyn, la tierna niña que le inyectó luz a
mis primeros días. En la distancia flotan más preguntas que respuestas, pero
recuerdo vívidamente su complexión, su sonrisa, su ternura, su candor y sus
caminatas en la acera que daba a mi casa. Y la misma pregunta vuelve a
lacerarme: "¿Qué fue de ella?"
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