martes, 14 de mayo de 2019

MIS PADRES


Por Joaquín Rivera Larios



Fui el último de seis hermanos. A los diez años habitaba el hogar como hijo único. Siempre he oído que es mejor el divorcio y la ruptura que una vida conyugal turbulenta, tensa, tempestuosa.  La relación de mis padres solía ser acalorada, aun así se extendió de forma intermitente de 1948 a 2004, año en que mi padre entregó su alma al Creador.  Se amaban a su manera sin expresarse muestras públicas de cariño. Esta unión dispar dejo como fruto seis hijos: cuatro hombres y dos mujeres.


Extraño verlos caminar juntos, hasta verlos discutir con expresiones altisonantes. Hicieron una dupla en los negocios. Mi padre fundó en 1948 una empresa denominada "Muebles Metálicos Rivera", fabricaba muebles de oficina y clínica, mi madre hacía las cobranzas, comparecía a las licitaciones, mediaba con los clientes, atendía reclamos. No fueron ni por asomo el complemento ideal, pero se complementaron.



Discrepaban, pero congeniaban de una manera peculiar. No lo expresaban abiertamente, pero presiento que en algunos aspectos sentían admiración mutua. Cuando medito que el matrimonio es para toda la vida, pienso en ellos. Aunque disparaban quejas, se necesitaban profundamente. En medio de las tormentas, los avatares y los refuegos, permanecieron, trabajaron, forcejearon juntos en un ring que fue mi hogar durante 56 años. Esa estampa tan peculiar de unidad conyugal, en medio de la turbulencia, marca mi vida. 
                                                

Por ser el último de sus hijos, tuve la enorme fortuna de disfrutar el fruto de su madurez como padres. Pude aquilatar y saborear la sabiduría de ellos, sazonada por la experiencia de criar a mis cinco hermanos mayores. En comparación con mis hermanos, tuve la fortuna de recibir de mis progenitores un trato más benevolente y sosegado en una niñez y adolescencia dominada por la soledad.  
                                                                                
                                         

   
                                          
Aprendí que el matrimonio con frecuencia es un singular campo de batalla que paradójicamente desgasta y fortalece a la vez. Varios años después de la ausencia física de mi padre, percibía que mi madre era un ser incompleto sin él, aunque en sus recuerdos y conversaciones cotidianas continuaba resucitando las discrepancias  que marcaron su vida conyugal. Si bien sobrellevó con estoicismo el peso de la vejez,  sin él se tornó un opaco reflejo de la guerrera que fue. Sin duda ambos se retroalimentaban de autoestima, energía y aplomo.
                                                                                        
                                                                                    

La vida es de luces y sombras, de horas altas y de horas bajas, de grandeza y miseria, de triunfos y fracasos. Pero yo elijo el lado luminoso y me quedo con el convulso matrimonio de mis padres como una lección de vida. Ambos llenaron mi existencia, me proveyeron, me consolaron, me acompañaron en mis éxitos y en mis desaciertos. En fin fue una dicha y un privilegio, haber sentido por 36 años el calor de sus alas protectoras.

                                                                           

     
Mi progenitor falleció en San Salvador la tarde del sábado 11 de septiembre de 2004, mi madre abandonó este mundo en San Francisco, California el domingo  9 de mayo de 2021, mientras tanto yo sigo meditando en la soledad, bajo el cristal de sus enseñanzas, recordando que no debo claudicar, que debo honrar su memoria y retomar la antorcha flameante de sueños que me entregaron, teniendo presente que lo que hacemos ahora tiene un eco en la eternidad. 

                                

 

                                        
                                        
                                  
                                            

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