En 1985 tuve el privilegio de ingresar al Colegio Bautista San Salvador, y alternar con una pléyade de jóvenes progresistas. Todo marchaba bien hasta que me reencontré con una pesadilla llamada matemáticas. Afortunadamente una compañera que no era un prototipo clásico de belleza, -pero también distaba mucho de ser la Mujer que no soñé que describe Arjona en su famosa rola-, al verme atribulado, se conmiseró de mi y en recreos y horas libres dispuso explicarme con pasmosa paciencia los indescifrables ejercicios.
Era un verdadero portento de inteligencia y buena conducta, como diría Arjona, “toda una presea para enseñar”, lo que a la postre la llevó a ser la Alumna Integral de nuestra promoción. Respondía al nombre de Claudia Susana. Desde que la veía llegar al colegio, sonreír y recorrer los pasillos en los recreos, en mi mente resonaba aquella inolvidable canción del grupo Menudo: “Susana te veo cada mañana/con tu falda azul marino/con cara de colegio sonríe al destino/Melena, de puro color platino…”
Hacia 1986 en el Tercero B, opción químico biológico, del Colegio Bautista, había enconada lucha por el primer lugar, entre Claudia Susana Barahona y Claudia Jeannette Jiménez, los dieces en exámenes, laboratorios, trabajos de grupo, exposiciones, fluían a granel; si entre ellas afloraba algún nueve era un verdadero accidente. Ambas tenían en común, además de su condición de alumnas excepcionales, su fe cristiana, pero Claudia Susana tenía una integridad moral a toda prueba.
Flota en mi memoria una anécdota que revela la extremada dedicación de Claudia Susana. “Beto”, el bonachón profesor de educación física, nos dejó hacer una crónica de un histórico partido eliminatorio por la clasificación a México 86 entre El Salvador y Honduras, escenificado el domingo 10 de marzo de 1985 en el Estadio Cuscatlán. Con todo y “Mágico” González, Norberto “Pajarito” Huezo, Paco Jovel, José Luis “el Halcón” Munguía perdimos 2-1. El día lunes 11 todos los varones llegamos al aula apesadumbrados por la derrota. Yo hice un ligero y superficial relato, pero quedé estupefacto cuando leí la crónica de Claudia Susana, que había hecho una extensa y escrupulosa narración minuto a minuto de todas las incidencias del partido.
Con el devenir de los años, Claudia Susana se especializó en Medicina del Trabajo, y en uno de los múltiples expedientes que tramito, encontré su firma y su sello, calzando un dictamen sobre las condiciones de higiene y seguridad ocupacional en que se debatía una de sus pacientes. Luego la aprecié en un reportaje de televisión, hablando en su calidad de Directora del Centro de Atención de Adultos Mayores “Sara Zaldivar”, sobre los servicios que brinda esa centenaria institución a nuestra vejez desvalida.
Sin duda es uno de esos selectos seres con quienes es un privilegio coincidir en el tiempo y el espacio, es alguien que proyecta coherencia entre la fe cristiana que abraza con fervor y una conducta de generosidad que desparrama a su paso. Muy pocos seres personifican tantos dones a la vez: sencillez, humildad, integridad, inmenso espíritu de superación, profesionalidad, calidez, decoro, integridad, cualidades que reconfortan la existencia de cuantos tienen la bendición de tratarla. Al recordar aquellos turbulentos, pero maravillosos años ochenta, en aquellas entrañables aulas del Colegio Bautista de San Salvador, la imagen sonriente y afable de Claudia Susana ilumina mis memorias escolares.
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