Por Joaquín Rivera Larios
No sé de donde nació mi devoción por la figura presidencial.
Aunque oía decir que había arrebatado por fraude la banda presidencial a José
Napoleón Duarte, siendo un niño dibuje y colorée un par de veces con verdadero
esmero el retrato del entonces Presidente Arturo Armando Molina, con las
insignias militares, al lado del azul y blanco de nuestro pabellón nacional.
Aún resuena en mi conciencia, su célebre frase: “Con decisión y firmeza…ni un
paso atrás”, aludiendo que no claudicaría en las reformas estructurales. Veía
con atención las tomas de posesión que en ese tiempo tenían lugar en el
Gimnasio Nacional.
Cuando tenía 10 años oía por radio las entrevistas que le
hacían a José Napoleón Duarte desde su exilio en Venezuela. Cuando el líder
arribo al aeropuerto de Ilopango el 25 de octubre de 1979, siendo un niño de 11
años fui parte de la inmensa multitud que envuelta en alborozo, recibió al
caudillo. Venía saludando desde la cama de un camión, flanqueado por Mario
Zamora Rivas y José Antonio Morales Erlich. Y luego el líder electrizó a la
muchedumbre que congregaba en la Plaza Libertad con su fogosa oratoria. Y yo
fui uno de los que escuchaba perplejo al hombre a quien el régimen militar
flageló y defenestró de la presidencia en 1972.
Nací cinco años después del magnicidio del Presidente John
F. Kennedy. A mi más temprana infancia mi hermana Gladys me contó que un joven
y gallardo Presidente estadounidense había sido asesinado por empuñar ideales
de justicia social. Mi padre que era conservador a ultranza, solía decir que
los hermanos John y Robert Kennedy habían sido asesinados por querer implantar
el comunismo en Estados Unidos, el epicentro del capitalismo mundial.
Muchos años después fui estremecido por aquella desgarradora
secuencia de la limusina descapotada en la que se conducía al Presidente
Kennedy sobre la Calle Elm, frente a la Plaza Dealey, Dallas, Texas, aquel
fatídico 22 de noviembre de 1963, junto a Jacqueline y al gobernador, John
Connely, escena en la que tres arteros disparos que cegaron la vida del
Presidente más joven en la historia de la primera potencia mundial, cuando la
caravana pasa en las proximidades de Edificio del Depósito de Libros del que se
le disparó. Tres disparos que le dieron un viraje a la historia y dejaron una
herida que sangra perennemente en el alma estadounidense. Desde que tengo
memoria del magnicidio, he sido participe del dolor colectivo que el “crimen
del siglo” generó.
En 1992 la figura de un joven gobernador de Arkansas emergió
con fuerza telúrica en pos de la Presidencia de la República. Era Bill Clinton,
abogado graduado de la Universidad de Yale, de pronto lo asocié con el carismática presencia de
John Kennedy, máxime que recurrió en su campaña a un video donde siendo un
estudiante había visitado la Casa Blanca en julio de 1963 y le había estrechado
la mano al mandatario, justamente representando a los jóvenes estudiantes de
Arkansas en su calidad de delegado de los niños de la nación, como parte de la
Legión Americana, escuela de formación política. En ese apretón de manos se graficaba
aquella famosa frase de Kennedy en su discurso de toma de posesión: “...la
antorcha ha pasado a manos de una nueva generación de estadounidenses, nacidos
en este siglo…”.
El día de ese encuentro, la alocución del hombre más
poderoso del mundo marcó la vocación política de aquel joven brillante. Las
coincidencias eran ostensibles: ambos eran demócratas, llegaron a la Casa
Blanca en el apogeo de su juventud, Kennedy de 43 y Clinton de 46 años de
edad, poseedores de brillante oratoria, imponente presencia, reconocidos
autores de libros, Kennedy fue el primer presidente nacido en el siglo veinte,
Clinton sería el primero nacido después de la Segunda Guerra Mundial.
Desde el 7 de julio de 1968, el majestuoso y firme Air Force
one, símbolo del poder y prestigio presidencial estadounidense, no descendía
sobre suelo salvadoreño, justo cuando el Presidente Lindon B. Johnson,
vicepresidente y luego sucesor de Kennedy, visitó El Salvador, para asistir a
una cumbre de gobernantes centroamericanos. Se tuvo que esperar casi 31 años
para que otro Presidente estadounidense nos visitara y ocurrió el 8 de marzo de
1999. A su arribo al Aeropuerto de Comalapa el Presidente Bill Clinton fue
recibido por el mandatario salvadoreño, Armando Calderón Sol y en su discurso
dijo: “Ayudaremos a construir un futuro de libertad, paz y prosperidad”.
El día 10 de marzo el hombre más poderoso de la tierra
recorrió las estrechas calles de San Salvador, generando un caótico
congestionamiento y al filo de las diez horas visitó por espacio de veinte
minutos a su homólogo salvadoreño en Casa Presidencial, entonces ubicada el
Barrio San Jacinto. La limosina presidencial fue escoltada por diez motorizados
y al menos cinco vagonetas con el servicio de seguridad. Se bloqueó el Bulevard
Venezuela hasta la altura de la Veintinueve Avenida. Hombres blancos y negros,
fuertes y robustos, del Buro de Federal de Investigaciones (FBI) y Central de
Inteligencia (CIA), se tomaron los espacios.
Cuando abro la puerta de mi casa, salgo a la Calle Francisco
Menéndez, Barrio Candelaria, la mañana de ese memorable día, veo a varios
agentes del servicio secreto estadounidense, con inmaculados trajes oscuros de
buen corte, y radios de comunicación, pidiéndole a los vecinos que retiraron
sus vehículos, porque no podía haber un automotor, por las calles en que
pasarían el gobernante de la primera potencia mundial.
A requerimiento de los agentes del servicio secreto, moví mi viejo Toyota Celica 1983 hacia un pequeño parqueo y aguardé la caravana presidencial que pasaría por allí, con rumbo a la Asamblea Legislativa, donde el gobernante pronunciaría un discurso. Me acompañaba mi esposa Claudia Lorena, con mi hijo Joaquín Eduardo en el vientre, quien en ese momento tenía cinco meses de gestación. Fue impresionante ver la extensa caravana con todo el glamour típico del líder del país más poderoso de la tierra y ver en una ventanilla del carro blindado el rosto sonriente de Bill Clinton saludando los transeúntes.
Nunca olvidaré la experiencia de haber visto pasar frente a
mi casa al gobernante estadounidense, más similar en talante y proyección a
John F. Kennedy, quien desde mi adolescencia ha sido junto a José Napoleón
Duarte, mis ídolos políticos por excelencia. Y al ver aquella caravana
majestuosa, de inmediato la asocie con el recorrido fatídico de otra caravana
presidencial que apagó abruptamente la esperanza que había despertado el más
joven presidente estadounidense el 22 de noviembre de 1963.
Pero por fortuna
los grandes personajes no mueren, porque dejan un legado que germina en las
nuevas generaciones. Y no me cabe duda que a corto o mediano plazo otro
gobernante retomará la antorcha flameante de ideales que dejaron Kennedy y
Clinton.
No hay comentarios:
Publicar un comentario