jueves, 29 de octubre de 2020

LA PROXIMIDAD DE LA MUERTE NOS CONMINA A TRASCENDER

Por Joaquín Rivera Larios   
                                               


Sobre la connotación pasajera de la existencia, la escritora chilena Isabel Allende sentenció: "La vida es un ruido entre dos grandes silencios abismales. Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte" y en similar sentido, el escritor ruso Vladimir Nabokov acotó: “Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad”.

Si bien el tiempo y su paso implacable suele aplastar los sueños, los escollos, a veces heredados, suelen romper en pedazos los planes, aun así trata de dejar huella con buenas acciones, trata de ser un ruido o un cortocircuito benéfico, porque al final de esta fugaz estancia, solo seremos un recuerdo. 


No hay que dilatar los resentimientos, debemos cultivar un corazón amoroso y no extraviarnos en la búsqueda de tesoros inútiles. La altivez, la arrogancia, la vanidad son vanas, si tomamos en cuenta la frágil condición humana, que todos los seres mortales tenemos un plazo de caducidad. Hoy estamos en escena y mañana como fantasmas desaparecemos del escenario. La vida es polvo que puede esparcirse y difuminarse en un instante. Somos hojas caídas de un árbol en otoño que arrastra el viento y desaparecen.
                                                

El papa Francisco dijo: “Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre”. Al marcharnos nos vamos tal como venimos, despojados de bienes y accesorios. Alguien dijo que la acechanza de la muerte define la grandeza del ser humano, porque sabemos que tenemos un plazo corto para trascender. Tiempo y vida son conceptualmente lo mismo.

Se agota la vida, expira la parcela de tiempo asignado a cada persona para dejar un legado valioso. El tiempo es la variable que nos separa de la muerte, no hay que malgastarlo viviendo la vida de alguien más y el recurso que debemos optimizar para trabajar el ser, no solo el hecho de acumular bienes materiales.



La vida es fugaz, no hay que dilapidarla alimentando pensamientos y acciones perniciosas. Hay que vivir con intensidad minuto a minuto, persiguiendo nobles ideales. Malgastar el tiempo, es estropear el futuro. No se puede elegir como morir, pero si como vivir. En este mundo vertiginoso, hay que defender la alegría y la diversión como trincheras. 
                                             
   
    

La gran tragedia en la existencia no es extinguirse, es perecer en vida, es dejar que se evaporen los sueños, la fe, el amor, es sucumbir ante la desidia, el desánimo, perdernos en el ocio vil. Hay quienes mueren en vida, porque deciden apagar su sol interior, eligen morir por dentro.

                                    

Hay quienes no le temen a la muerte, porque consideran que han estado muertos millones de años antes de nacer. Cada día nos da un crédito de veinticuatro horas, que hay que saberlo invertir para hacer de la existencia una empresa fructífera y benéfica.



El tiempo nos somete a un proceso de cambio vertiginoso y extenuante, con el devenir de los años solo queda la esencia del ser. Quizá la clave sea vencer a la muerte, procurando trascender dejando un recuerdo inolvidable. El olvido que cae sobre los seres extintos es la muerte definitiva.
 


No siempre se cumple que una vida bien usada causa una dulce muerte, hay quienes por sus dotes excepcionales son insustituibles, porque dejan una impronta imborrable. Cuando recuerdo a la cantante Jenni Rivera, inmediatamente rebota en mi memoria su tema “Inolvidable”: “Inolvidable así me dicen mis ex amores/ Afortunada y sin que te ofendas/Tengo cariños que si son mejores/Inolvidable así me dicen y no son flores/ Correspondida y aunque te duela/Estoy viviendo en muchos corazones”.




No había nacido cuando se suicidaron las actrices Miroslava Stern, Marilyn Monroe, Lupe Vélez o Pina Pellicer, pero vivieron lo suficiente para inmortalizarse, dejando impreso en el celuloide sus rostros angelicales, sus talentos escénicos y muchos años después de su extinción física continúan enamorando con sus personalidades magnéticas a los amantes del séptimo arte.


Me llaman mucho la atención aquellas bellezas que se consumen en la flor de la edad, beldades sobre las que han pesado sueños colectivos de elevar el nombre de su país en los oropeles del mundo. A principios del 2014, justo la noche del 6 de enero, Latinoamérica fue estremecida con el homicidio de Mónica Spear, actriz y ex Miss Venezuela 2004. Me llama la atención también  el final trágico de  dos Misses centroamericanas que curiosamente coincidieron por el concurso Miss Mundo 2014 que tiene lugar cada año en Londres, Inglaterra.   

                                                 
       

Ciertamente, los titulares de la prensa internacional destacaron el cruel homicidio de María José Alvarado, Miss Honduras 2014 que fue asesinada a la edad de 19 años, junto a su hermana, el 13 de noviembre de ese año, un par de semanas antes de la realización del magno evento. Y la defunción de Yumara López, Miss Nicaragua, que sí recorrió las pasarelas londinenses, pero falleció el 20 de junio de 2016, a la edad de 22 años, víctima de un cáncer cerebral. 



Hay que hacer una bella obra de arte de todas las desgracias, las vergüenzas, las humillaciones, fracasos, porque la vida es un cuadro lleno de colores y matices. Como reza aquel pensamiento anónimo: “Cuando naciste todos reían y tú llorabas. Vive de tal forma que cuando te mueras, todos lloren y tú te rías”.

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