sábado, 17 de octubre de 2020

UNA APROXIMACIÓN AL FENÓMENO MUSICAL

Por Joaquín Rivera Larios



Las tonadas marcan épocas, fijan recuerdos, nos permiten expresar alegrías, desahogar penas, se convierten en el trasfondo de las relaciones amorosas, fungen como portavoces que en nuestro nombre declaran nuestros sentimientos y a veces pueden hacer las veces de la lámpara de Aladino que al frotarla nos concede deseos, como sucede con aquel que se aboca al balcón de su amada, para llevarle serenata, cobijando la ilusión que su pretendida lo perdone o le dé el sí definitivo, al calor del embeleso que provocan las melodías.

La música genera múltiples y contrapuestos efectos: fortalece la memoria y el aprendizaje, afecta la velocidad de las ondas cerebrales, recrea recuerdos, infunde confianza, coraje, mejora la actividad motora, facilita el aprendizaje de idiomas.

EFECTOS DE LOS DIVERSOS GENEROS MUSICALES

En este orden, Miguel Mateos considera que “el rock es un estimulante como la Viagra y que, como los buenos vinos, madura con los años.” Pero hay piezas sonoras que puedan inducir a aumentos significativos en la hostilidad, tristeza, tensión y fatiga, ira, miedo, como la música de las películas de terror, las marchas fúnebres, militares, las composiciones estridentes. 


La música tiene una enorme capacidad de evocación y se conecta con la vivencia del oyente. Sin embargo, no es tarea fácil traducir el arte sonoro en palabras, por ser éste de naturaleza única. Ya lo dijo Frank Zappa: “Escribir sobre música, es como bailar sobre arquitectura”. Quizá pretendía decir que es inútil tratar de intelectualizar o racionalizar las emociones que provoca el fenómeno musical, que es vano tratar de desentrañar como se diseñó, proyectó, construyó una pieza musical y cómo impacta a los oyentes. 

La literatura trata de imitar el ritmo, la candencia y el aspecto pegajoso o contagioso de la música, pero usualmente va a la zaga. Vale relacionar una cita que se contrapone a Zappa y es apócrifa: “Solo hay una cosa es mejor que escuchar música, hablar sobre ella”.

Se ha dicho que la música es la banda sonora de la vida, que es la taquigrafía de la emoción, la aritmética de los sonidos, que cuando las palabras se quedan cortas, el arte sonoro entra en escena, transmitiendo emociones que los vocablos no pueden expresar. Según su mensaje, puede ser una mala o excelente compañera, transmitir un efecto tranquilizador, excitante, agradable o desagradable. A veces una tonada simboliza un momento memorable de nuestra existencia, es el telón de fondo de algunos episodios álgidos de la vida y torna imborrables vivencias cotidianas.


REFERENTE DE IDENTIDAD

Circula la idea que eres lo que escuchas, que la predilección musical viene determinada por los rasgos de personalidad y que tiene relación con la forma de pensar del individuo. John Lennon lo dijo en sus palabras: “Cada persona es el reflejo de la música que escucha”. Estudios han revelado que las personas empáticas tienen inclinación por géneros musicales suaves como el blues, el jazz y el country. Las personas extrovertidas, que gustan de estar rodeadas de gente, se inclinan el pop, el funk y todas aquellas corrientes melódicas que les permitan bailar sin parar. Por su parte, el rock y el heavy metal se identifican con oyentes que proyectan cierto grado de rebeldía e impulsividad que los hace destacar donde van.

Pero ahondado más en la identidad, la música es un ingrediente fundamental de nuestra personalidad. La pregunta existencial que siempre aflora es ¿Quiénes somos?  Somos el producto de la influencia muchos factores. Somos los libros que hemos leído, las películas que nos han impactado, la música que nos cautiva, las lecciones de vida de nuestros padres, nuestros maestros y amigos, nuestros ídolos… en fin somos una compleja amalgama de ingredientes y más allá de los efectos recreativos, socializadores, comunicativos, terapéuticos, la música tiene mucha incidencia en la percepción del mundo y en el estilo de vida de un fans o de un conglomerado. Los mensajes de las canciones ayudan a reflexionar sobre los ocultos resortes y mecanismos que mueven las relaciones humanas.

Cada oyente se apropia de las canciones que se identifican con sus anécdotas, las que lo enlazan con trozos de su vida, en tanto lo conectan emocionalmente con personas, épocas, lugares, situaciones, que admira, ama o desprecia. Desde luego que las corrientes musicales son innumerables, como innumerables son las estrellas de la inconmensurable galaxia musical.

SIMBIOSIS ENTRE MUSICA Y LITERATURA

A veces se da una simbiosis mágica entre música y literatura. Hay algunos cultores del arte sonoro como Bob Dylan, Silvio Rodríguez, Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, que han creado verdaderos poemas musicalizados, en parte gracias a ellos se ha llegado a debatir si la música puede considerarse un género literario. El debate llegó a su clímax cuando Bob Dylan fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2016.




Algunas piezas musicales nacen de un texto o contexto literario. Un puñado de palabras con valor estético pueden precipitar un universo musical. Es así es como Joan Manuel Serrat en “Cantares”, Ana Belen en “Muerto de Amor”, Juan Luis Guerra en “Bachata Rosa”, Alex Bueno en “Lucía”, incorporan en su orden versos de Antonio Machado, Federico García Lorca, Pablo Neruda y Joaquín Balaguer, el poeta y expresidente dominicano. Estos versos transportados en alas de melodías estremecen fibras con un poder expresivo del que los vocablos carecen.

Kurt Cobain, líder de la banda Nirvana, dijo: “Todos los escritores que conozco preferirían ser músicos”. Quizá un ejemplo de este aserto es Horacio Castellanos Moya, el escritor salvadoreño vivo con mayor proyección internacional, autor de las novelas “El Asco”, “Tirana memoria”, “Baile con serpientes”, quien llegó a la literatura después de intentar  letras de canciones para su banda de rock y ante la incapacidad de componer  música, empezó a escribir.

Cuenta David Arizmendi, Director del periódico “El Mundo” de Medellín, en una conferencia denominada “Los amigos echan cuentos de Gabo” que se puede apreciar en YouTube,  que éste lo fue a traer al aeropuerto de la ciudad de México, mientras conducía su vehículo con rumbo al hotel  oía incesantemente  en un casete “Señora”, interpretada por la espectacular cantante española,  Rocío Jurado  y escrita por Manuel Alejandro, tonada que data de 1978.  Al tiempo que oía repetidamente “Señora”  Gabo exclamaba: “Esa es mi nueva novela”.  

Curiosamente esa canción fue la inspiración de la novela “El amor en los tiempos del Cólera” (1985), una de sus obras narrativas más poéticas,  un verdadero tratado del amor, el romance, la pasión, el dolor y la espera.    




Las canciones por momentos se tornan en una radiografía de las emociones que todos experimentamos, pero que con frecuencia no podemos verbalizar o describir adecuadamente por carecer de los recursos expresivos para ello, pues invitan al oyente a un viaje al interior de sí mismos.  

UNA VENTANA AL ROMANTICISMO

Son innumerables los caballeros que declaran que la música de “x” o “y” artista les permitió conquistar a su amada, es decir, lograr su rendición psicológica.  Yendo más lejos, José Luis Rodríguez “El Puma”, culpó al legendario trío Los Panchos, de la explosión demográfica que se detonó en su época de mayor apogeo, ya que sus melodiosas voces y afinadas guitarras, provocaron el enamoramiento de nuestros padres y abuelos.

Entre la música y las féminas hay un consorcio indisoluble, ambas generan estados de alucinación, ambas irradian una energía mágica, ambas nutren el imaginario masculino, entre ellas hay una relación de causa y efecto, de medio y fin. Y es que por regla general las beldades son la fuerza que activa la maquinaria creativa, elevando a los compositores al nivel de éxtasis que la creación demanda, y simultáneamente son las destinatarias de la invención.



Cierta vez vi en la red a una guapísima chica que posaba en una fiesta, disfrazada de guitarra, acentuando con su traje su ya curvilínea figura y comenté que ello era un verdadero contrasentido, porque el medio y fin se habían concentrado en un solo ser, ya normalmente el instrumento de seis cuerdas es una herramienta de seducción que nos proporciona la llave para acceder al alma femenina.

VEHICULO DE MOTIVACIÓN     

No hay espíritu por iracundo que sea, que no se rinda ante su majestad la música, ésta constituye fuente de motivación, de inspiración, a veces se convierte en el estandarte fundamental en que nos apoyamos para levantar el ánimo, con frecuencia es motivo de identidad personal y nacional. No hay argentino a quien no se le asocie con el tango, o  mexicano a quien no se le vincule con la ranchera, o colombiano a quien no se le relacione con la cumbia o el vallenato, o dominicano, cuya carta de presentación no sea el merengue o la bachata.

A a través de las letras y notas de las canciones son auscultados y revelados procesos naturales, emociones dominantes y estados, como la juventud, el envejecimiento, la muerte, la euforia, los celos, el despecho, el amor, el desamor, la amistad, la madurez, la inmadurez, el odio, el perdón, la resignación, depresión, la mentira, la hipocresía, la traición,  la victoria, la derrota, los sueños, la fe, el optimismo…en fin, se exterioriza la naturaleza intrincada de los sentimientos, que con frecuencia se manifiestan combinados, ambiguos.

Hay enfoques de la música no son muy alentadores. Una mañana de domingo el pastor desde el púlpito habló de las fortalezas que nos impiden crecer y desarrollarnos y acceder a una vida de plenitud y prosperidad, se refirió a la tendencia a movernos dentro del pecado, y que la música suele ser un conductor infernal para dominar la mente, al punto que es capaz de alentarnos a reactivar viejos adulterios y otras relaciones insanas. Hay canciones que alientan el narcotráfico, la infidelidad, la venganza. No es el ritmo sino los mensajes. Precisó que hay que cuidar la mente, porque donde va mi mente, va mi cuerpo.




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